sábado, 6 de noviembre de 2010

Nelson, Tasman, NZ

¡Hola gente! Aquí estamos de nuevo. Escribo desde Nelson, ciudad que, como ya adelanté, iba a ser el final (al menos temporal) de nuestro periplo por Oceanía. Aquí nos quedaremos un tiempo, que será largo si conseguimos un trabajo o de unas poquitas semanas si nadie nos quiere dar dinero.

Las primeras impresiones de Nelson son muy positivas. Es una ciudad pequeña al lado del mar y cerca de unas montañas bastante impresionantes. La gente de por aquí sonríe y te saluda por la calle (!), y en cuanto ve que estás en apuros se ofrece para ayudarte. Las casas están llenas de florecitas y todo está muy limpito, muy ordenado. A mí todo esto me resulta un poco sospechoso, me recuerda un poco a la ciudad perfecta del Show de Truman… Pero en fin, parece que el tiempo que estemos aquí no lo vamos a pasar mal.

Aquí hemos llegado después de unas tres semanas viajando. Tengo un cuaderno lleno de nombres de ciudades, de distancias y de tiempos invertidos, pero, sinceramente, eso casi ni me interesa a mí así que no creo que le puede interesar a casi nadie. He decidido que la manera más llevadera para compartir nuestra experiencia de este tiempo es escribir un poco de los recuerdos, de las situaciones, de personas y lugares que me hayan impactado estos días. Fiel a mi estilo (de vida), no se debe esperar mucho orden, voy a escribir un poco lo que me venga a la mente en ese momento, o lo que me pida el cuerpo. Procuraré, en cualquier caso, ambientar todo un poco espacio-temporalmente, por aquello de que todos nos mantengamos en unas constantes tetradimensionales. Y ya me callo que no sé ni lo que estoy escribiendo…

Muchos abrazos besos cariños y caricias.

martes, 12 de octubre de 2010

Next stop, Nelson

Nos marchamos de Melbourne. Mañana mismo. Nos vamos a Nelson, una pequeña ciudad al norte de la Isla Sur de Nueva Zelanda, la más soleada y donde dicen están las mejores playas de ese país, a pasar el verano. Como acostumbramos a hacerlo todo un poco complicado, vamos a tardar 3 semanas en llegar. Hemos alquilado un coche (que por cosas del destino, generoso, ha resultado ser un cochazo). Pretendemos recorrer lo más posible antes de irnos de Australia. Después, una semanita en Vanuatu, que ya se sabe que viajar es muy cansado.
Voy a intentar llevar un diario de viaje que llegado el momento compartiré con todos vosotros. Siento todos los mails que me dejo por responder y las conversaciones pendientes, en cuanto tenga una conexión medio estable comenzaré a ponerme al día, prometido.
Hasta entonces, quien quiera algo de mí que le pregunte al viento. Bueno, o que me llame al móvil pero eso ya os aseguro que sale caro.
Muchos abrazos y besos, ¡que cada uno se sirva de lo que guste! ¡Os pienso mucho!
Nos leemos pronto

martes, 5 de octubre de 2010

De tiempos y distancias y otras reflexiones

No es fácil escribir lo que quiero escribir. Son muchos sentimientos que se me amontonan en el coco y pelean por salir. Son muchas ideas, que se cruzan, que vienen y van, distintas pero que significan lo mismo… Llevo días intentando encontrar la manera de darles cuerpo y no la he encontrado. Así que he decidido que esta entrada del blog va a ser la expresión escrita de estas ideas según se vayan escurriendo por mi mente. Para eso es mi blog y para eso pongo yo aquí las reglas. Aquel visitante que busque orden o lógica en lo que viene a continuación puede abstenerse de continuar leyendo. He aquí una pequeña muestra de cómo funciona mi cerebro y debo prevenir de que puede resultar dañino para la salud (me obliga mi juramento hipocrático como farmacéutico).


Estas reflexiones a las que me refiero comenzaron el pasado 1 de octubre. En esa fecha, mi sobrina Andrea cumplió 3 años. Sólo aquéllos que sean tíos y no sean padres podrán comprender el dolor que sentí por no poder estar a su lado ese día para verla feliz, con su sonrisa, medio tímida medio pícara, soplando sus velas con la ayuda de su madre. Sólo los tíos podrán comprender la aparente ilógica del infinito amor que se le tiene a un sobrino. Hace unos días mi hermana Mercedes y mis sobrinos Andrea y Diego se sentaron delante de la webcam para charlar un rato conmigo. Bueno, en realidad charlábamos mi hermana y yo. Diego estaba muy concentrado en algún punto al lado de la pantalla y Andrea me miraba, reconociéndome, sin dignarse a compartir una palabra de ese increíble lenguaje propio que ha elaborado. Igualmente, unos días antes pude ver a mi sobrina Beatriz mientras hablaba con mi hermana Isabel. Y el pasado domingo, charlando con Edu y Gracia, veía a Olivia, a la que sólo los genes impiden ser mi sobrina. Estos cuatro pequeños seres, estas pequeñas personas, me hacen darme cuenta de lo lejos que estoy realmente. De lo lejos y de todo lo que me estoy perdiendo. Cuando Gracia me enseñaba, naturalmente orgullosa, que Olivia era capaz de mantenerse de pie sola… cuando Andrea asentía con una sonrisa mientras su madre (naturalmente orgullosa también) me contaba lo bien que le va en sus primeros días de cole… cuando Beatriz sonreía pensativa… cuando Diego… bueno, Diego estaba muy concentrado en algún punto al lado de la pantalla… Cuando me doy cuenta de que esos alienígenas que se llaman bebés se están haciendo personas y yo sólo puedo disfrutarlos unos minutos por la webcam… duele. Se me escapa su tiempo por estar tan lejos.


Al recordar el nacimiento de Andrea vino a mis recuerdos, inevitablemente, el fantástico viaje a París que hice con mi padre para conocerla. Habíamos sacado mi coche del concesionario el mismo día que nació mi sobrina, así que teníamos una excusa perfecta para hacer un Madrid-París de rodaje del motor, a 90 km/h. Ese viaje está grabado en mi corazón para siempre. 15 horas en un coche, mi padre y yo. Compartiendo todas nuestras rarezas y manías respectivas, que no son pocas. Charlando de nada y de todo al mismo tiempo. Viéndole echando una cabezada, a mi lado. Los ratos que estábamos callados. Sus palmadas en el hombro, que sé que no se las da a casi nadie. Nuestras tonterías, como dice él. Tampoco es fácil explicar todo lo que amo a mi padre. Y a mi madre. A mi madre, mi infinita madre. Los ojos de mi madre, cansados y felices. Mi madre. Con ambos, personas excepcionales con un amor excepcional, hablo cada domingo, un ratito. Les veo cada semana, ahí, del otro lado de la pantalla. Ellos, al revés que mis sobrinos, me hacen darme cuenta de que en realidad nada ha cambiado. Que el tiempo, en realidad, para ellos no pasa. Ellos hacen que me sienta en casa por un ratito, me hacen sentirme cerca, y con ello, al igual que mis sobrinos, me hacen darme cuenta de lo lejos que estoy.


Cuando leo un mail de David, de Javi, de Carlos mi amigo, de Carlos mi hermano, de Edu, de Nacho, de Momo… los mensajes de Diogo o de Pablo en gmail que nunca respondo, los comentarios en mis fotos del Facebook de Tati, de Fer, de todas esas personas que se acuerdan de mí… por un rato me veo a su lado, compartiendo una cerveza, unas risas o una mesa de despacho. Y de nuevo me siento allí, de donde me fui. Y siento una inmensa felicidad de haberme cruzado con personas hermosas, fantásticas, buenas, y de poder tenerlas en mi vida, porque en realidad el tiempo no ha pasado ni pasará en estas relaciones, por mucho que estemos sin vernos, sin escucharnos o sin leernos. Y me invade una sensación inmensamente placentera. Y a la vez me provoca un pinchazo aquí dentro, porque una vez más su cercanía me revela que estoy lejos, demasiado lejos…


Lo que estoy tratando de explicar, en realidad, es que os siento muy cerca estando lejos. Pero que cuanto más cerca estoy más lejos me siento y más me duele. Lo que quiero decir, en realidad, es que estar tan lejos me hace sentiros cerca. Que me estoy dando cuenta de que todo cambia sin cambiar y que el tiempo pasa sin pasar.

Lo que vengo a querer expresar, en resumen, es que os quiero muchísimo y que puede que necesitara venirme tan lejos para sentiros mucho más cerca.
Aunque sea por un tiempo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Vanuatu

En el año 2006, uno de esos rankings con los que uno nunca está de acuerdo determinó que el país más feliz de nuestro planeta era Vanuatu. En esos rankings también se lee que el lugar donde mejor se vive es Noruega y cosas por el estilo. Me gustaría que los ilustrados que llevan a cabo estos estudios se pasaran 5 meses al año con 2 horas de sol diarias...

No sé si el más feliz, pero lo que sí tiene pinta es de que Vanuatu es el resultado de un club de colegas que se juntaron y decidieron hacer un país. Quedaron una buena tarde, pidieron unas pizzas, se pusieron ahí con sus lápices de colores hasta que encontraron una bandera pintona y un nombre que resultase llamativo.
Si uno visita la página web del gobierno de Vanuatu puede encontrar sin mayor problema, entre otras muchas y curiosas cosas, el teléfono del presidente del gobierno o las tarifas para pasar oficialmente allí un retiro dorado en medio de la nada. Lo que uno no va a encontrar, casi con total seguridad, es lo que necesita saber. No desprenden precisamente seriedad las instituciones de este país, y tampoco sus representantes. Ya me habían prevenido de que el teléfono del cónsul de Vanuatu en Sydney (William Longwah, para quien le interese) era también el teléfono de su casa. Me dijeron que no esperara que me respondieran " Hola, Consulado de Vanuatu", sino sólo "Hola" y que era probable que el Sr Cónsul estuviese con sus quehaceres por ahí cuando llamase.

Efectivamente, fue un "Hola" con lo que respondió al teléfono una voz de anciano, que resultó ser la del Sr Longwah en persona. Cuando le dije que tenía unas consultas sobre Vanuatu respondió "es domingo" en ese tono que uno utiliza cuando te llaman para tomar unas cervezas y tú estás ahí en pijama a las 3 de la tarde viendo Corazón Corazón en la tele... "Es domingo", repitió, "pero bueno qué quiere". "Quiero saber si un ciudadano de San Marino necesita un visado para entrar en Vanuatu". "¿Somalia?". "No, San Marino". "¿Somalia?". "No, San Marino, es un país en medio de Italia". "¿No es Somalia?" "No" "¿Pero es Italia?". "No, es un país independiente". "Pues digo yo que sí... mándame por correo urgente una foto, fotocopia del pasaporte y 50 dolares y en dos días tienes tu visado". Mientras me explicaba esto con voz cansada y ya un poquito irritado, un perro comenzó a ladrar cerca del Sr Longwah. Supongo, por la agudez de sus ladridos, que se trataba de uno de esos odiosos perros-rata que uno quiere lanzar a Mercurio de una patada. En ese instante me imaginé al Honorable Sr Cónsul de pie al lado de una mesa baja con uno de esos teléfonos viejos de madera y oro tan elegantes, con su bata brillante consular desabrochada, en calcetines, preparándose para dar un paseo a su perro lanudo minúsculo consular (con lacito entre las orejas, desde luego) y su consular esposa en la puerta con los brazos cruzados con cara de otraveztrabajandoenfindesemanaestehombreacabaconmigo y decidí que no debía jugar con su paciencia... Tras agradecer su consular accesibilidad, colgué.


Espero que el Sr Longwah sea un poco más serio de lo que parece su país, que cumpla su palabra y que en un par de días Paula tenga su visado. Porque en un mes nos vamos para Vanuatu una semanita. Que no sé si será el país más feliz del mundo. Pero yo, la verdad, es que gracias a ellos estoy la mar de contento.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Encuentros en la tercera fase

Pasó el 14 de septiembre y nada ocurrió. Esa era la fecha en la que Horace Lim me aseguraba que el mundo de las comunicaciones cambiaría para siempre. Afirmaba que ese día vería la luz un proyecto en el que llevaba 7 años trabajando. Según él, a partir del 14 de septiembre se iba a acabar lo de pagar por navegar por internet. No sólo eso, sino que a uno le iban a pagar cada vez que se conectara. Cualquier persona con un ordenador podría sacarse un buen sobresueldo por el simple hecho de conectarse a la red. Cuando empezó a hablarme, pensé, así de primeras, que era un tarado mental. Cuando poco después se puso a enseñarme tarjetas de visita de los presidentes de la mayoría de las compañías telefónicas que conozco, pensé que era un tarado con mucho tiempo libre. Cuando comenzó a enseñarme las tarjetas de visita de políticos como McCain o Hillary Clinton empecé a pensar que lo que me contaba podía ser cierto. Cuando me enseñó sus fotos con esta gente le escuché. Llegado el momento, tras explicarme el resto de sus proyectos con los que iba a acabar con la televisión de pago y la industria del petróleo (este último me lo explicó en voz baja y mirando por encima del hombro), miró el reloj, se levantó, me dio una tarjeta de visita, me pidió un curriculum y se marchó. Estaba convencido que en algún momento de la conversación me iba a pedir dinero, o que en medio de mi abstracción mientras hablábamos alguien me había levantado la cartera. Pero nada de eso pasó. Todo esto ocurrió hace 5 o 6 semanas y hoy he caído que pasó el día en que Horace se iba a convertir en el Bill Gates (el AntiCristo, según él) del siglo XXI y a mí nadie me paga por conectarme a internet. La verdad es que me ha dado un poco de lástima.
A Horace me lo encontré en la biblioteca de Melbourne, en una sala que hay habilitada para conectarse a internet a la que como ya comenté en otra ocasión vengo cada día un rato después de trabajar mientras espero para ir a encontrarme con Paula. Recomiendo este lugar a cualquier potencial visitante de Melbourne que quiera conocer a alguien curioso. Lo único que tiene que hacer es sentarse, sonreir y esperar. Dada la cantidad de chalados y gente rara que hay en esta ciudad (es difícil el día que no ves a dos o tres personas hablando solas o gritándole a la nada), y que lo de sonreir no se lleva en estas latitudes, al poco tiempo se te va a acercar alguien con ganas de conversación.
Por ejemplo, aquí también me encontré con Brian Khuu, un chaval de unos 20 años, estudiante de ingeniería, persona evidentemente muy inteligente que se empeñó en buscar soluciones para mi vida cuando le conté lo que andaba haciendo por aquí. Tras llegar a la conclusión de que debería dedicarme a ser profesor particular o médico en el Tercer Mundo (?) me empezó a hablar de todo un poco. Cuanto más hablábamos más convencido estaba de que este muchacho no tenía ni un solo amigo. Este hecho quedó confirmado cuando me comentó que se pasaba cada día a ver qué había rebajado en una tienda de electrónica después de enseñarme, orgulloso, un miniaspirador rosa con forma de margarita que había conseguido allí por dos dólares. Tengo que agradecer a la hermana de Brian, una niña de 12 o 13 años, que me lo quitara de encima. Llegó a buscarle justo cuando me comentaba que a veces tenía ideas extrañas, como que cada vez que alguien abría una taquilla había un mecanismo conectado a un gatillo de una pistola en el interior de la misma, de manera que ésta disparase en la cara al infortunado que la abriese...
En otra ocasión, un vagabundo, o al menos como tal vestía y olía, vino a pedirme si podía ver su e-mail en mi ordenador. Acepté, claro. Yo, que soy un poco cotilla y que no quería que este hombre, del que no recuerdo su nombre, me involucrase en algún caso de tráfico de órganos, me quedé a su lado vigilando. Me resultó cuanto menos curioso comprobar que efectivamente, tenía dos mails. Eran de dos tiendas de instrumentos musicales de Londres, que le respondían una consulta sobre el precio de unos oboes. Apuntó en un papel las direcciones de estas tiendas y se marchó sin despedirse ni agradecer nada.
Como he dicho, la densidad de chalados en esta ciudad es sorprendentemente alta. Así que tampoco es imprescindible venir a la bilbioteca para encontrárselos. Sin ir más lejos, el viernes pasado volviendo a casa el metro estaba lleno, así que nos sentamos al lado de dos venerables ancianos. Uno de ellos nos saludó con un "join the happy family!!!" y una fantástica sonrisa. El otro, que lucía una barba blanca de unos 20 centímetros, resultó ser chileno y tuvo una interesante y larga charla con Paula sobre los indios mapuches. Yo no tuve tanta suerte, tras un esperanzador comienzo de animada conversación con el anciano de imperturbable e inesperada sonrisa tuvo a bien terminarla prematuramente de una manera bastante tajante. Como me pareció una buena forma de finalizar cualquier conversación utilizaré la pregunta que me hizo a la que siguió un incómodo silencio para acabar esta entrada. Que cada uno piense qué habría hecho en mi lugar. Sin venir a cuento, me soltó: "Dime, ¿conoces a Jesús?"
(Para confirmar lo escrito, mientras escribía este post en la citada biblioteca, y juro que esto es cierto, se me ha sentado al lado un tipo de unos 55-60 años, con una gorra de los Yankees, aspecto descuidado, olor dulce y ojos muy azules. Me ha preguntado, en voz muy alta: "¿Sabes por qué estás vivo?" Sin esperar respuesta, se ha contestado a sí mismo: "Porque tienes el cerebro caliente. No era tan fácil en la edad de piedra". Dicho lo dicho, se ha puesto a leer un folleto que traía para la admisión de nuevos alumnos en la Universidad de LaTrobe. Dos minutos después, se ha levantado y se ha ido. Que alguien se atreva a decirme que éste no es lugar fascinante.)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Otro duro día en la oficina

Escribo estas letras desde la biblioteca de Melbourne, a donde vengo cada tarde desde la semana pasada después de salir de mi nuevo trabajo como restaurador en una cadena de comida rápida llamada "In a rush"...
A la espera de conseguir un trabajo como Dios manda y mientras me decido a abandonar este país, ando haciendo un dinerito. Entre mi trabajo en este sitio y mis noches como camarero-estafador en el Colmao me saco casi el doble del sueldo que tenía en Madrid como científico, trabajando menos horas. Así está el mundo, así está España.
El establecimiento en el que trabajo está cerca de un núcleo financiero, por lo que realmente sólo hay un rato medio agobiado durante todo el día, entre las doce y las dos del mediodía. Durante ese par de horas un montón de ejecutivos agresivos estresados, en mangas de camisa y con cara de urgencia escatológica vienen a recoger su sopita para llevar para tomársela delante del ordenador donde sin duda andan resolviendo los problemas mundiales. Durante el resto del día puedo hacer lo que me da la gana en mi oficina.
Mi oficina-cocina-laboratorio, de unos 3 m2, consta de una nevera enorme, un horno, un microondas y una pila. Allí preparo muffins, sandwiches y ensaladas para lo mejorcito de la sociedad australiana. Pobre gente, si supiera que soy yo el que prepara esos platos con esos nombres tan bonitos... Walnut-avocado salad, pumpkin and roquette in ricotta sauce... Lo hago todo a mi ritmo, como me da la gana, nadie me pide explicaciones, así que no me puedo quejar.
Mi compañera de trabajo responde al nombre de Bromwin y es neozelandesa. Puede tener 20 años igual que podría tener 30. Me recuerda a estas holandesas grandes que se ponen muy rojas en cuanto hacen cualquier cosa. Y una de dos, o lo ha visto ya todo en la vida, o carece de cualquier interés por lo que pueda suceder en el planeta tierra. Me pregunto a cuántos españoles habrá conocido para no haberme hecho ni siquiera una pregunta sobre mi país. He desistido de tener una conversación con ella tras percatarme de que sólo es capaz de responder dos cosas: "not really" y "why not". Me pareció que el otro día sonreía, pero no estoy muy seguro. Lleva dos meses en Melbourne y dos meses trabajando en ese sitio. La insondable y atemporal Bromwin parece ser una persona bastante plana...
El manager del restaurante es de Miami. Y éste por lo visto no es un dato cualquiera, ya que se lo repite a todo el que se le acerca. Porque aunque es mulato y habla español con un perfecto acento cubano, él es de Miami. Álex, que así se llama, es un tipo muy gracioso. Pasa la mayor parte del tiempo contándome todas las "nenas" (como las llama él, el último romántico) con las que ha estado en su vida. Como ya he dicho, me deja hacer lo que me viene en gana. Además, el hasta ahora único consejo que me ha dado para mi trabajo es que robe todo lo que pueda. Me ha confesado que en su casa todos comen de lo que él se lleva del trabajo. Como soy una persona obediente, cada día lleno mi despensa con lo que me cabe en la mochila... me pregunto si tendré tiempo de comerme todo lo que me estoy llevando. Álex es el encargado de elegir la música que se pone en nuestro restaurante, y resulta que es un gran amante de la música house. Así que me paso el día cocinando con obras de música electrónica de letras fascinantes repetidas una y otra vez que, oh, imaginación al poder, se corresponden con el título de la canción. Son pura poesía: "Don't leave me but don't love me", "Between 17 and 21 you are having fun" y la que sin duda es mi favorita, la intrigante "Touch me in the morning"...
No es raro que al salir de mi cuevita-cocina para echar una mano sirviendo sopas me encuentre a Alex marcándose unos pasos de baile con la caja resgistradora y a Bromwin al lado, apoyada en una columna, impasible y colorada, con la mirada perdida en los expositores de bollería. "Me paso el día decidiendo qué es lo próximo que me voy a comer", me confió esta mañana en un alarde de locuacidad inusitada...
En fin, que mientras veo hacia dónde doy mi próximo paso y me sale algo de lo que ando pidiendo esto es lo que he encontrado para pasar el rato. Debo confesar que no me desagrada en absoluto y si me sirve para hacer unos ahorrillos, que diría mi abuela, pues tanto mejor. Además, con este trabajo he descubierto el inmenso placer que es salir por la puerta del trabajo y no llevarse absolutamente ningún problema a casa. Lástima que por aquí dentro tenga ganas de hacer otras cosas... Pero vamos, no me puedo quejar, esto es mucho mejor que pasarse las horas en casa mirando la pared, eso sí, siempre que no me descubra a mí mismo mirando el expositor de bollería.
(Prometo intentar adjuntar fotos de todo lo que hablo en un futuro próximo... Prometo intentar... qué bueno eso, me gusta)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Stop the train I'm leaving

Ignacio, chileno, es ingeniero civil y trabaja sirviendo sangría y tortillas de patatas en un restaurante llamado "Colmao Flamenco", en Melbourne. La sangría, las tortillas, las croquetas y todo lo demás que sirve Ignacio lo prepara Elberto, de Bogotá, Colombia. Colombiana también es Ingrid, arquitecta, que limpia oficinas por las tardes un par de horas. Ingrid es compañera de Paula, argentina y comunicadora, que trabaja además de camarera en un café francés cuyos dueños son surcoreanos. Los sábados Paula trabaja en un restaurante italiano en el que el cocinero es pakistaní. Igual que Kahn, que también es cocinero y también es pakistaní, pero éste trabaja en un restaurante vasco haciendo paellas con chorizo. Restaurante vasco cuya dueña es una australiana. Allí, por lo que parece, no hay hueco para mí, como tampoco lo hay en otros restaurantes donde intentó trabajar Raphaela, suiza y enfermera de formación que anda buscando trabajo de lo que sea...
A todo esto, Ignacio es compañero mío. Yo, que tengo que poner un poco de cordura a todo esto, ando ejerciendo como doctor en farmacia trabajando de camarero en el susodicho "Colmao Flamenco". Yo, español, trabajo en un restaurante español. Como debería ser. Así que podría decir que soy inmune a esta vorágine globalizadora en la que encuentro inmerso si no fuese porque mientras escribo estas líneas estoy tomándome un mate...

Para mí que el mundo se ha vuelto loco y nos ha descolocado a todos un poquito. ¡Paren el tren que me bajo!