lunes, 20 de septiembre de 2010

Encuentros en la tercera fase

Pasó el 14 de septiembre y nada ocurrió. Esa era la fecha en la que Horace Lim me aseguraba que el mundo de las comunicaciones cambiaría para siempre. Afirmaba que ese día vería la luz un proyecto en el que llevaba 7 años trabajando. Según él, a partir del 14 de septiembre se iba a acabar lo de pagar por navegar por internet. No sólo eso, sino que a uno le iban a pagar cada vez que se conectara. Cualquier persona con un ordenador podría sacarse un buen sobresueldo por el simple hecho de conectarse a la red. Cuando empezó a hablarme, pensé, así de primeras, que era un tarado mental. Cuando poco después se puso a enseñarme tarjetas de visita de los presidentes de la mayoría de las compañías telefónicas que conozco, pensé que era un tarado con mucho tiempo libre. Cuando comenzó a enseñarme las tarjetas de visita de políticos como McCain o Hillary Clinton empecé a pensar que lo que me contaba podía ser cierto. Cuando me enseñó sus fotos con esta gente le escuché. Llegado el momento, tras explicarme el resto de sus proyectos con los que iba a acabar con la televisión de pago y la industria del petróleo (este último me lo explicó en voz baja y mirando por encima del hombro), miró el reloj, se levantó, me dio una tarjeta de visita, me pidió un curriculum y se marchó. Estaba convencido que en algún momento de la conversación me iba a pedir dinero, o que en medio de mi abstracción mientras hablábamos alguien me había levantado la cartera. Pero nada de eso pasó. Todo esto ocurrió hace 5 o 6 semanas y hoy he caído que pasó el día en que Horace se iba a convertir en el Bill Gates (el AntiCristo, según él) del siglo XXI y a mí nadie me paga por conectarme a internet. La verdad es que me ha dado un poco de lástima.
A Horace me lo encontré en la biblioteca de Melbourne, en una sala que hay habilitada para conectarse a internet a la que como ya comenté en otra ocasión vengo cada día un rato después de trabajar mientras espero para ir a encontrarme con Paula. Recomiendo este lugar a cualquier potencial visitante de Melbourne que quiera conocer a alguien curioso. Lo único que tiene que hacer es sentarse, sonreir y esperar. Dada la cantidad de chalados y gente rara que hay en esta ciudad (es difícil el día que no ves a dos o tres personas hablando solas o gritándole a la nada), y que lo de sonreir no se lleva en estas latitudes, al poco tiempo se te va a acercar alguien con ganas de conversación.
Por ejemplo, aquí también me encontré con Brian Khuu, un chaval de unos 20 años, estudiante de ingeniería, persona evidentemente muy inteligente que se empeñó en buscar soluciones para mi vida cuando le conté lo que andaba haciendo por aquí. Tras llegar a la conclusión de que debería dedicarme a ser profesor particular o médico en el Tercer Mundo (?) me empezó a hablar de todo un poco. Cuanto más hablábamos más convencido estaba de que este muchacho no tenía ni un solo amigo. Este hecho quedó confirmado cuando me comentó que se pasaba cada día a ver qué había rebajado en una tienda de electrónica después de enseñarme, orgulloso, un miniaspirador rosa con forma de margarita que había conseguido allí por dos dólares. Tengo que agradecer a la hermana de Brian, una niña de 12 o 13 años, que me lo quitara de encima. Llegó a buscarle justo cuando me comentaba que a veces tenía ideas extrañas, como que cada vez que alguien abría una taquilla había un mecanismo conectado a un gatillo de una pistola en el interior de la misma, de manera que ésta disparase en la cara al infortunado que la abriese...
En otra ocasión, un vagabundo, o al menos como tal vestía y olía, vino a pedirme si podía ver su e-mail en mi ordenador. Acepté, claro. Yo, que soy un poco cotilla y que no quería que este hombre, del que no recuerdo su nombre, me involucrase en algún caso de tráfico de órganos, me quedé a su lado vigilando. Me resultó cuanto menos curioso comprobar que efectivamente, tenía dos mails. Eran de dos tiendas de instrumentos musicales de Londres, que le respondían una consulta sobre el precio de unos oboes. Apuntó en un papel las direcciones de estas tiendas y se marchó sin despedirse ni agradecer nada.
Como he dicho, la densidad de chalados en esta ciudad es sorprendentemente alta. Así que tampoco es imprescindible venir a la bilbioteca para encontrárselos. Sin ir más lejos, el viernes pasado volviendo a casa el metro estaba lleno, así que nos sentamos al lado de dos venerables ancianos. Uno de ellos nos saludó con un "join the happy family!!!" y una fantástica sonrisa. El otro, que lucía una barba blanca de unos 20 centímetros, resultó ser chileno y tuvo una interesante y larga charla con Paula sobre los indios mapuches. Yo no tuve tanta suerte, tras un esperanzador comienzo de animada conversación con el anciano de imperturbable e inesperada sonrisa tuvo a bien terminarla prematuramente de una manera bastante tajante. Como me pareció una buena forma de finalizar cualquier conversación utilizaré la pregunta que me hizo a la que siguió un incómodo silencio para acabar esta entrada. Que cada uno piense qué habría hecho en mi lugar. Sin venir a cuento, me soltó: "Dime, ¿conoces a Jesús?"
(Para confirmar lo escrito, mientras escribía este post en la citada biblioteca, y juro que esto es cierto, se me ha sentado al lado un tipo de unos 55-60 años, con una gorra de los Yankees, aspecto descuidado, olor dulce y ojos muy azules. Me ha preguntado, en voz muy alta: "¿Sabes por qué estás vivo?" Sin esperar respuesta, se ha contestado a sí mismo: "Porque tienes el cerebro caliente. No era tan fácil en la edad de piedra". Dicho lo dicho, se ha puesto a leer un folleto que traía para la admisión de nuevos alumnos en la Universidad de LaTrobe. Dos minutos después, se ha levantado y se ha ido. Que alguien se atreva a decirme que éste no es lugar fascinante.)

1 comentario:

  1. Me siento totalmente identificado con ese lugar.
    ¿Has pensado escribir un libro de relatos cortos sobre las historias que te van contando esos individuos?

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