sábado, 4 de noviembre de 2017

Pequeño ensayo sobre la idiosincrasia argentina

"Galleguito lindo, quedate acá conmigo". Con estas palabras me recibió Argentina la primera vez que pisé aquel país. Me las dirigió una oficial de aduanas de unos 150 kilos. Desde entonces, estoy intentando comprender cómo funciona la mente de sus habitantes. Y después de ocho años de dedicada observación, creo haber encontrado finalmente la manera de describir al ser argentino. Excesivo. O extremista. O mejor, extremadamente excesivo.  El argentino es extremadamente excesivo.

En Argentina el gris no existe. El argentino vive en una continua dicotomía: ama u odia, está arriba o abajo, feliz o hundido, inmóvil o a toda velocidad. Y por difícil que pueda parecer, ambos extremos están ocurriendo al mismo tiempo. O mejor dicho, un extremo está en breve estado de hibernación mientras el otro tiene lugar de manera excesiva. El paso de un estado a otro es muy breve, a veces es inexistente. El término medio, lo que un no argentino podría considerar la normalidad, no es más que un estado de transición altamente inestable para ellos.  La normalidad argentina es el extremo.

Visto desde fuera, podría pensar uno que el ente argentino es en realidad un histérico de primera. Equivocación. Un histérico difícilmente puede interaccionar con otras personas. El histérico provoca repulsión. El argentino, sin embargo, es por lo general embaucador, tiene imán. Sería más exacto definirles como bipolares. Bipolares atractivos. Durante estos ocho años he intentando comprender qué es lo que provoca el paso de un extremo al otro en su comportamiento. Me he dado por vencido. Existe indudablemente un instinto, un código, algo impreso en lo más profundo de sus genes que desencadena la tormenta. O que les vuelve las personas más adorables del mundo, dependiendo del estado anterior. O que les lleva a sentirse como los reyes del mambo. O miserables. Así, he presenciado reuniones sociales de todo tipo en los que varios de los presentes lloran mientras algunos ríen y otros parecen estar a punto de pasar a las manos. Minutos después todo se entremezcla y los que lloraban se abrazan, los que ríen se pelean y los que se pelean lloran abrazados. Y al final de la reunión cada uno a su casa y hasta la siguiente. Como si nada.

Los detalles más nimios pueden desatar la euforia o desencadenar un enojo profundo en el argentino. Para los no iniciados, no hay ni que confiarse ni que preocuparse. Si se ha comprendido todo lo anterior se entenderá que minutos después el argentino pasará a otro estado completamente distinto. Ahora bien, es lógico deducir la dificultad de convivir con ellos. Una discusión acalorada deja a un no argentino enfadado durante horas o días. El argentino, desde luego, ha salido del enojo en cuestión de minutos y lo más probable es que ni siquiera recuerde lo que te ha llevado a ese estado. Lo dicho, difícil.

Al argentino hay que conocerle. Y saber quererle. Si no, es probable que uno se vuelva loco. Son seres extremadamente inteligentes, tienen un país fértil, rico y sin embargo son dejados y pobres. El argentino, aunque no haya salido de su aldea, suele tener una opinión para todo basada en la más básica de las evidencias. Tan básica que es insultante. El asado no se puede cocinar en menos de cinco horas, una "picadita" son kilos de comida y unos mates pueden durar una tarde entera. Al argentino con prisa no le hables, del argentino con ganas de hablar no escapas. No hay nadie más gracioso que un gracioso argentino. Messi es Dios, pecho frío que no canta el himno, pero Dios, con mayúscula. Sus gobernantes son ídolos a los que entregan todas sus esperanzas para mandarles a los infiernos cuando les decepcionan, de manera cíclica. Los argentinos son generosos hasta el extremo y se dejarán el alma porque te sientas bien con ellos. Las amistades argentinas son inquebrantables. Si te ponen la cruz, mejor desaparece. Las críticas argentinas son horrendas, desaforadas, crueles. Las alabanzas, también. Son los mejores, son los peores. El argentino vive en un estado de insatisfacción perpetua. El argentino es un teórico que tiene solución para todo mientras su país se cae y él sigue cocinando asados de cinco horas. Hablan espantados de su patria y lloran de alegría echando de menos lo que dejaron atrás.  El argentino tiene una increíble capacidad para el olvido pero no perdona casi nunca. Si a un argentino le sale mal un plan, es una consecuencia de la alineación de los planetas, el calentamiento global y los ingleses; sin embargo el argentino sabe perfectamente que lo hace todo bastante mal, aunque diga que lo hace todo bien. Los argentinos expatriados se evitan pero están siempre para ayudarse, se huyen pero cuando se encuentran son como hermanos. El argentino no insulta, reputea. No quiere, ama. Son agresivos, charlatanes y cuentistas; cuando un argentino te habla parece que quiere convencerte. Al argentino se le reconoce por la mirada pícara, viva, burlona, engreída y a la vez profundamente melancólica. Por su actitud de estar esperando que venga lo siguiente.

Se podría pensar que ser argentino es extenuante. No debe ser así, porque llegan a ancianos siendo como son. Me parece que conozco el truco. Al argentino, en realidad, le da todo un poco lo mismo. Incluida la argentinidad de sus congéneres. Si un argentino exagera, es excesivo y es extremista es porque todo va bien, ésa es su normalidad. Me ha parecido comprender que tienen claro que en este mundo estamos dos días y mejor explotarlos todo lo que se pueda, que todo da lo mismo y que más vale vivir en el exceso. El exceso está lejos del aburrimiento. Y el aburrimiento está cerca del sufrimiento. Y en realidad, lo que el argentino quiere es no sufrir, buscando el sufrimiento de manera continua, claro.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Parto

31 de Octubre de 2014. Llevaba poco tiempo en mi oficina, serían aproximadamente las 8:30 de la mañana. El día era gris, lo cual no era ninguna novedad. Estaba preparando mi clase del día, sobre bioequivalencia si la memoria no me falla. Entonces me llamó Paula. No era una falsa alarma, o quizá sí, pero convenía que fuese a casa. Pedí un taxi. Del trayecto recuerdo que el taxista me hablaba sobre anécdotas de mujeres parturientas, sobre los partos de sus propios hijos. A uno de ellos no llegó por el tráfico. Creo que intentaba relajarme con una táctica un tanto arriesgada. Afortunadamente, no tardamos en llegar a la última casa que tuvimos en Dublín, qué hermosa. Al entrar, encontré a Paula en la bañera del cuarto de baño de invitados. Me enseñó un papel donde tenía apuntadas la hora y la duración de cada contracción. No tengo ni idea de qué hablamos pero momentos después estábamos en el coche camino de la maternidad. Paula se retorcía de dolor. Y no tenía idea de que le quedaban 17 horas.

En la maternidad tuvimos que esperar en la entrada una hora porque el recepcionista no estaba. Ahí la situación perdió casi todo su romanticismo. Paula retorciéndose, con su maleta, en la sala de espera... al lado de abuelos con ramos de flores. Y yo con cara de aquí estamos. Finalmente nos atendieron con una actitud muy irlandesa, muy desenfadada. Más o menos como cuando siete meses antes nos habíamos acercado aterrados con un test de embarazo positivo en la mano. En su día nos mandaron para casa con una palmadita en la espalda, entonces nos hicieron rellenar no sé cuántos papeles, pese a que habíamos ido a la maternidad por lo menos veinte veces antes. Todo entre chistes y comentarios sobre el tiempo. Lo dicho, muy irlandés. Acto seguido nos enviaron a una primera sala en la otra punta del hospital donde nos confirmaron que sí, que Santiago venía. Eso animó a Paula, que empezó de nuevo a controlar sus respiraciones, a colocarse como le habían enseñado, y volvimos a apuntar la hora y la duración de cada contracción... dónde estará esa lista que nunca vio nadie. No duraría mucho la concentración. De ahí nos mandaron a la sala de preparación para el parto, de nuevo en la otra punta de la maternidad.

La sala de preparación para el parto era un pabellón enorme con unos 10 habitáculos separados por cortinas. En cada habitáculo había una mujer preparándose para el parto, qué otra cosa se puede ir a hacer ahí. Una matrona controlaba todo. Aunque no se haya visto a una mujer pariendo, uno puede imaginar que no es un momento especialmente llevadero en su existencia. Recuerdo que había una que lloraba desconsoladamente; otra, al fondo, emitía grititos de cuando en cuando. No era agradable, pero se podía soportar y por un rato nuestro parto avanzó bien, entre masajes y posiciones más o menos rocambolescas. Y la lista de contracciones empezaba a quedarse pequeña. Para entonces Paula ya andaba cansada, debían ser las dos de la tarde. Fue entonces cuando al habitáculo de al lado llegó la mujer-cerda. Esa mujer no gritaba, esa mujer chillaba desaforadamente, de manera continua. Absolutamente insoportable. Ahí se desbarató todo. En cierto momento de desconexión absoluta Paula le gritaba a la cortina que nos separaba de ella: "CALLATEEEE PELOTUDAAAAAA" o "LA P*** QUE TE RECONTRAMILPARIÓ" entre otras lindezas. Recuerdos imborrables. Así estuvimos un par de horas. Cuando finalmente nos sacaron de la sala de preparación al parto para llevarnos a la sala de parto, en la otra punta de la maternidad, Paula estaba mucho menos preparada que cuando entró.

La sala de parto era individual, afortunadamente. Con una de esas camas que se mueven y ajustan de todas las maneras posibles. Tengo terror a esas camas, me da miedo que empiecen a moverse solas y uno acabe hecho un cuatro ahí dentro. La sala tenía un gran ventanal desde el que se veía todo el barrio. En ese barrio fue donde Paula y yo tuvimos nuestra primera casa en Dublín, una caja de cerillas por la que pagábamos una fortuna. Hermoso. La dilatación no andaba bien, las contracciones eran flojitas... la cosa iba para largo. Al rato de llegar vinieron a preguntarnos si nos importaba que un bombero presenciase el parto, por lo visto era parte imprescindible de su formación. Todo seguía siendo muy irlandés, muy de andar por casa. Aceptamos, porque somos gente comprometida con la seguridad de nuestros congéneres. Así que ahí se nos unió este buen señor, que se quedó sentado en una esquina. Ustedes hagan como si yo no estuviese, me dijo. Cada vez que le miraba el hombre tenía la vista fija en el infinito, un poco forzadamente, como para decirme: no estoy viendo lo que tu mujer le está enseñando al mundo. Lo dicho, un buen hombre, finalmente ayudó mucho.

Fue en esa sala donde descubrí un aparato demoníaco. Un cacharro que mide, por medio de unas sondas, el pulso del bebé y las contracciones de la madre. Es terrorífico. El corazón del bebé se ralentiza muchísimo justo antes de que la madre tenga una contracción. En las contracciones grandes el corazón se le para... se encienden unos pivotitos de alarma en la pantalla... a veces incluso pitaba. Nada bueno. Lo peor es que yo era el único que parecía prestarle atención. Qué mal rato. A Paula, que para entonces se ponía violeta en cada contracción, no le podía decir lo que estaba viendo. Y la matrona no le daba la menor importancia. Le busqué el lado positivo y decidí que podía avisar a mi mujer cada vez que se acercaba una contracción gigante, porque como digo venía precedida por una bajada brutal del pulso del bebé. La segunda vez que le dije a Paula "ahora te va una buena" me respondió, con toda la gentileza del mundo "pero dejate de j****". Decidí que esa pantalla no iba a ayudar para el resto del parto y no la miré más.

Aquello parecía ir mejor, pero iba muy lento. En cierto momento la matrona me preguntó si quería ver el pelo de mi hijo. Muy oscuro y mucho, me dijo... no como el padre. Socorridos siempre los chistes sobre mi alopecia para calmar el ambiente. El bombero, solidario, no se rió. Yo preferí no mirar. Fue más o menos para entonces, y ya debían ser las diez de la noche, cuando pedimos la epidural. Como para que nos arrepintiésemos, nos trajeron un papelito que teníamos que firmar en el que se nos explicaban todas las cosas horribles que podían llegar a pasarle a Paula si la anestesista erraba el tiro. Era una lista espeluznante, paraplejia era lo más suave que había escrito. Paula firmó relativamente tranquila, o más bien desesperada, porque qué podía ir mal, si no es más que una inyección. Evidentemente, al firmar desconocíamos el tamaño de esa aguja. La anestesista apareció con un fusil en la mano. Por Dios que no sabía que había agujas de tal grosor... Rememoré la lista de atrocidades al completo en los segundos eternos que tardó en inyectar.

A partir de ahí todo se aceleró, hasta el punto que la matrona, una chica apellidada McDonald y que no callaba un segundo, animaba a Paula a empujar más fuerte para tener un "niño Halloween". El bombero tampoco se rió. Santiago ya estaba casi fuera, pero no conseguía salir. Yo me sentía completamente inútil al lado de mi señora cumpliendo mi función imprescindible de apretar la mano (o mejor dicho, dejar que me la apretasen). Fue entonces cuando cometí el error más grave de ese día, del que aún intento recuperarme. En un momento dado una médico entró en la sala, tijeras en mano y me dijo, muy seria: "ahora no mire". No le hice caso. Efectivamente, su pelo era mucho más oscuro y abundante que el mío. Y había mucha sangre. No diré más.

Segundos después nació Santiago. Ya eran las 1:47 del 1 de Noviembre de 2014. No fue un niño Halloween. Fue un niño de todos los santos. Un ser azulado, resbaladizo. Con la cabeza de la forma de un plátano y una costra de sangre de su madre que le duró semanas. El ser más maravilloso del planeta tierra. Cuando abrió los ojos descubrí la misma mirada que tiene hoy cuando se despierta. Fue entonces cuando me tocaron mis milésimas de atención esa noche porque sentí que me temblaban las piernas. No de emoción, de flojera. Supongo que puse cara de hombre a punto de desvanecerse porque la médico de las tijeras me miró severamente, me señaló una silla en la esquina y me dijo: "Ahí". Espero que el bombero no se diese cuenta.

Lo que siguió después está bastante borroso en mi mente. Recuerdo que después de mi hijo salió su placenta (qué cosa horrenda) y que Santiago se quedó tranquilo, en el pecho de su madre. Al llegar a la sala postparto (en la otra punta de la maternidad, de nuevo habitáculos separados por cortinas, esta vez silenciosa) donde nos despedimos por siempre del bombero,  una matrona pakistaní totalmente dormida me ordenó: cambia a tu hijo. Tardó unos segundos en darse cuenta que eso era absolutamente inviable, no sabía ni cómo desabrochar el pijama para ponérselo.

Parece mentira que Paula haya sido capaz de pasar de nuevo por lo mismo un par de años después. La bipedestación, el pulgar prensil y la visión tridimensional están muy bien y son muy útiles para cazar un mamut o jugar a la Play (de pie). Es innegable que sin ellos el ser humano seguiría sentado en un árbol, plácidamente, mirando pasar la vida.  Huyendo de depredadores y muriendo a los 20 años, pero plácidamente. Y que el mundo sería muy distinto, quizá mucho mejor. En cualquier caso, no habríamos llegado hasta aquí si miles de años de evolución no le hubiesen inculcado al cerebro humano una profunda tara: el olvido maternal postparto. Nadie en su sano juicio se prestaría a sufrir tanto recordando lo vivido anteriormente. O quizá, viendo cómo Paula quiere a Santiago, a Almudena, uno sospecha que el parto no esté del todo olvidado (difícil de creer que una mujer olvide algo) y que en realidad las madres no están en su sano juicio.

Hoy hace tres años del nacimiento de Santiago Adolfo. Casualidad, o no, le hemos regalado un traje de bombero. Muchas felicidades, querido hijo.

sábado, 28 de octubre de 2017

La nena

Vivimos en un barrio muy tranquilo. Nuestra casa está muy bien situada, muy cerca de la carretera que lleva a la playa y a un cuarto de hora caminando del centro, lo cual es muy conveniente cuando Paula necesita interactuar con otros humanos adultos. La única pega es que tenemos una comisaría a unos 200 metros, así que de cuando en cuando escuchamos una sirena en la lejanía. Esto no es ningún inconveniente, excepto porque cuando Santiago se percata imita el ruido de un coche de policía amplificado por un factor de 394 más o menos, para nuestro regocijo.

Hay un parque justo enfrente de nuestro portal. Es un parque normal, con dos hileras de árboles y una fuente con cuatro chorros de agua que huele a lejía. En este parque normal ocurren las cosas normales que ocurren en los parques. Los perros hacen sus necesidades francesas, de cuando en cuando un grupito juega a la petanca y jóvenes ociosos llevan a cabo turbios tejemanejes disimulándolo bastante mal. Dentro de este parque hay un recinto equipado con juegos para niños pequeños: un par de castillitos con sus respectivos toboganes para que la chiquillería comience a fortalecer sus cervicales cuanto antes.

Como es evidente, de cuando en cuando, voy con Santiago a este parque. No ocurre tan frecuentemente como cabría creer, mi hijo tiene un intrincado sistema interno de selección para sus tiempos de ocio y cada día elige un parque distinto de la zona, en función de vete tú a saber qué criterio. El caso es que hace un par de semanas, cuando volví de trabajar, porque Mercurio estaba retrógrado o porque había merendado yogur de albaricoque, ese día quiso ir al parque de aquí al lado a jugar en los castillos.

Cuando llegamos me sorprendió encontrarme un espectáculo un tanto patético. Un grupo de padres y sus hijos que hablaban alguna lengua eslava estaba apelotonado en una esquina del recinto interior. Miraban aterrorizados como un muchacho preadolescente, pongamos 10 años, tiraba con su balón de fútbol contra los castillos, con todas su fuerzas. Y tenía bastante fuerza. Este pequeño neandertal lucía una coleta, ropa de marca y estaba acompañado de un esbirro que le celebraba la ocurrencia con una risa demasiado forzada, un poco histérica. Antes de continuar el relato debo aportar un pequeño detalle, el muchacho futbolista era de raza árabe. Los habitantes en Francia sabrán apreciar este pequeño detalle.

En fin, que llego ahí con Santiago charlando sobre la dualidad onda-corpúsculo, y nos encontramos a estos señores y sus hijos arrinconados esperando a que el muchacho sufra un calambre o tenga un apretón o algo por el estilo. Santiago, al llegar, entró en el recinto y se quedó quieto, tocándose el labio superior, observando la situación. Nada raro, es lo que hace cada vez que llega a un parque. Yo, obviamente, con mis mejores modos, le indiqué al pequeño cavernícola que podía dar a alguien y que dejase de hacer eso. Me sentí un héroe, el chico cogió su pelota y se marchó acompañado de su admirador. Los allí presentes me agradecieron muy eslavamente, con la mirada.

Pasados unos minutos, muy pocos, el muchacho coletudo volvió y se puso a tirar la pelota, con toda su soprendente fuerza, esta vez contra la valla que rodea el recinto; valla de menos de un metro de altura. En ese instante, los adultos presentes, en una decisión tan coordinada que sin duda ya había sido discutida, recogieron a sus hijos, se guardaron su dignidad y se marcharon aceptando su derrota ante la brutalidad. Todo muy eslavo. Yo, firme defensor de la razón y el civismo, le recriminé su actitud y le recordé que podía darle un pelotazo a mi hijo, que seguía tocándose el labio de arriba, pero esta vez mirándome a mí. Este pequeño error natural con coleta me replicó con dos ideas muy definidas: no estaba tirando contra el parque, estaba disparando a la valla, y estaba en su derecho de hacer lo que le diese la gana en un lugar público. Sin duda estas ideas habían sido maduradas junto a su acompañante en esos minutos de ausencia. Un plan maestro. A este primer intercambio dialéctico siguió un interesante debate en el que yo intenté hacerle razonar sobre los límites de la libertad individual. Este pobre melenudo no salía de su argumentario, a cada una de mis ideas respondía alternativamente "es la valla" y "soy libre". Y mientras hablábamos no dejaba de dar balonazos, su acompañante reía y Santiago se tocaba el labio. Mi tono fue subiendo, porque tan defensor de la razón soy que pensaba que este papanatas quizá requería un cambio de registro para activar su cerebro y comprender un razonamiento tan simple. No me enorgullezco de decir que mis últimos ejemplos para demostrar la idiotez de sus ideas fueron: "yo también soy libre pero no por eso me pongo a cagar aquí" (chier es cagar en francés) y "qué te parece si bajo con una pistola de mi casa y me pongo a disparar a tu alrededor, sin darte".

Fue más o menos en ese momento cuando una pareja de mujeres (pequeño detalle, árabes) pasaron por nuestro lado. Obviamente, llamamos su atención. Una de ellas le preguntó al ser involucionado, al que parecía conocer, si había algún problema, mirándome a mí. Yo le expliqué la situación mientras el coletas ponía cara de bueno y Santiago se tocaba el labio. Para mi sorpresa, o no, la respuesta de esta buena mujer fue triple:
- al menos está haciendo deporte.
- pues yo prefiero esto a la gente que trae a sus perros a hacer caca y llena todo de basura.
- usted es de por aquí... porque no le he visto nunca.
Y se marchó. Y con ella mis esperanzas de que un mediador pudiese hacer entender a ese chico que su actitud no era adecuada y, puestos a soñar, que me presentase excusas.

La situación no dio para mucho más. El chico coletudo y su complaciente compadre continuaron en lo mismo, enrocados en su posición de semisimios. Comenzaron a imitarme y ridiculizar mi voz ante mis últimos intentos de hacerles comprender que actuando así les esperaba una vida de delincuencia y sufrimiento. Cuando se cansaron de humillarme se marcharon a seguir con sus inútiles existencias. Entonces Santiago decidió que no quería jugar en el parque y nosotros también nos fuimos.

Más allá de alterarme y confirmarme que el ser humano está condenado a una extinción muy dolorosa y muy merecida, esta situación me preocupó. Por Santiago. Evidentemente, la lección que quería darle sobre cómo con la razón se puede convencer incluso a un preadolescente con coleta fue un total fracaso. En estos días he llegado a preguntarme si, en contra de mi naturaleza pacífica (y cobarde), no debería haberle enseñado a mi hijo que cuando la superioridad intelectual no es suficiente hay que utilizar la superioridad física. Si no debería haber rajado el balón, haberle metido la coleta al tonto a las tres en la fuente con olor a lejía y haberme cagado en el parque para mostrarle que para chulo, mi pirulo. Me preocupaba también que Santiago dedujera de todo ello que a personajes como ese proyecto de estúpido había que tenerles miedo, al estilo eslavo.

Ayer bajamos de nuevo al mismo parque. Allí estaban ese chico, su balón y su coleta. Me reconfortó mucho que Santiago, muy contento, me dijo: "la nena", señalando al muchacho. "Juega al fútbol", me explicó. Como no podía ser de otra manera, este pequeño idiota le pegó un pelotazo a la valla. Nos miramos. Le dije: "otra vez no, por favor". Y se marchó. Vete tú a saber por qué, pero se marchó. Poco me importa, esta vez gané yo. Y para mi tranquilidad, Santiago lo vio todo, tocándose el labio.



domingo, 22 de octubre de 2017

Basenji

Soy un asocial. O mejor dicho, me he convertido un exclusivo social. Un sibarita. Lo admito sin ningún rubor, aquí y ante invitaciones a eventos sociales que no me interesan en absoluto. Gracias por la invitación, pero es que soy asocial (siempre es más fácil decir esto a explicar que la compañía de mi interlocutor no me interesa en absoluto). Generalmente recibo una cara de incredulidad como respuesta. Es muy común que a mi alrededor se confunda mi amabilidad y mis ganas de hacer sonreír a los demás con una sociabilidad que, como digo, perdí hace ya mucho tiempo. Así que me veo obligado a explicar, con toda la vaguedad que me es posible, que me gusta mucho estar solo, que no soy muy sociable, que me estoy volviendo un poco autista con la edad...

En Irlanda, en una tarde cualquiera en la que seguramente estaba procrastinando delante de mi ordenador, se me acercaron solemnes y silenciosos tres compañeros de trabajo . Se colocaron muy serios y muy ordenados en la puerta del despacho, dejando claro que de ahí no iba a escapar (táctica a la que recurro frecuentemente: ir a buscar una urgencia, un olvido, siempre lejano, ante la potencialidad de una conversación indeseada). Este ataque frontal, calculado e inesperado hizo que se me encendieran las alarmas. Queremos saber si tienes un problema con nosotros, me dijo una de ellas, una pánfila de nivel extremo. Nunca vienes a hacer nada cuando te invitamos. Yo, aliviado porque creía que había incendiado el laboratorio o que me iban a comunicar alguna muerte, solo pude responder con una pequeña carcajada. No, no sois vosotros, soy yo. Me gusta mucho estar solo, no soy muy sociable, me estoy volviendo un poco autista con la edad... Creo que les decepcioné, quizá esperaban una confesión desgarradora sobre una doble vida como contrabandista de órganos. Desde entonces, no recibí ninguna otra invitación.

Recuerdo con sorprendente claridad la noche en la que decidí exclusivizar mi vida social. Recuerdo el momento en que me pregunté qué carajo estaba haciendo yo ahí con ese dolor de pies, al lado de la puerta del baño de ese bar inmundo cuando donde quería estar de verdad, en vez de conversando a gritos y sosteniendo una copa, era en la cama. En mi cama. En el bar había luz verdosa y justo antes de mi revelación un tipo me acababa de dar un codazo para entrar en el baño (insisto en lo del baño porque espero que el lector avezado comprenda que yo era del tipo de "fiestero" que, arrastrado por la masa, acababa inevitablemente al lado de las puertas de los baños). Desde aquel preciso instante, he sido consecuente con lo que siento en cuanto a relaciones sociales. Porque aunque siempre fui así (desapariciones espontáneas en reuniones familiares, innumerables conversaciones muertas en silencios incomodísimos) hasta ese momento no me decidí a pasar a la acción de manera sistemática. De aquella noche hace más de 15 años. A estas alturas no me interesan lo más mínimo las personas huecas que estuvieron en Barcelona pero no en Madrid pero qué ganas tengo de ir, las historias banales sobre tu trabajo como ingeniero proyectista, las anécdotas de aviones perdidos pero qué buenas vacaciones ni los cotilleos sobre aquél que un día decidió que sí pero no. Para eso, prefiero estar solo, haciendo lo que sea, incluido, obviamente, nada.

Evidentemente, disfruto de la compañía de ciertas personas, y cuando el quién y el dónde coinciden, lo paladeo. Tengo la inmensa fortuna de tener amigos de la infancia, de los que la vida te elige sabiamente, con los que quiero estar. Siempre. Sin embargo, los que han entrado en este selecto club que son mis amistades lo han hecho pasando mi exclusivo e inconsciente filtro. Y yo pasando el suyo. Porque por lo general, mis nuevas amistades son también asociales. El proceso para la selección mutua no es claro, ni fijo. No es preciso hablar de Dostoievsky ni de geopolítica. No es preciso no hablar del calor que hace para ser octubre. En algunas ocasiones, no es preciso hablar. Creo que en realidad lo único que es preciso es que se genere un interés mutuo impalpable, un sentimiento de comodidad. Qué menos se le puede pedir a una amistad. Qué menos si se le está dando a la otra persona la capacidad de hacerte sufrir.

Dicho lo dicho, no es de extrañar que me haya llevado casi tres años tener a alguien a quien llamar amigo en Montpellier. Responde al nombre de Sohei, es japonés y le conocí haciéndole la entrevista para unirse a mi empresa; entrevista que pasó sin problemas. Solemos comer juntos un par de veces por semana, en los que conversamos sobre cualquier tema. Estas dos horas semanales son los límites actuales de nuestra amistad, estamos planeando encontrarnos fuera del trabajo con nuestras familias respectivas pero no creo que esto ocurra en un futuro cercano. Exactamente como debe ser.

Y cómo hizo Sohei para pasar mi filtro... Come cada día lo mismo: dos nems con arroz hervido y un yogurt desnatado o un flan. Acude a nuestras citas impolutamente vestido, con una gorra blanca que le cubre la calva, montado en una bicicleta femenina. Siempre alaba la apariencia y el olor mi tupper pero jamás ha probado lo que hay dentro. Es increíblemente educado. No es un buen conversador pero tiene un sarcasmo muy japonés, infinito. Recuerdo cierta ocasión en la que nuestra conversación divagaba sobre la insoportable levedad el ser cuando me confesó algo. Su padre, que vive con su madre, es un alcohólico en vías de recuperación, tiene cuatro perros y cuatro gatos. Me describía a este hombre como un excesivo que perdió las uñas de las manos por pasar la noche en la cima del monte Fuji, a la intemperie. Y que tuvo que ser devuelto a su casa en ambulancia por intentar hacer 200 kms en bicicleta sin preparación. En otra ocasión decidió importar desde el Congo hasta Japón un perro de raza basenji porque lo vio en un documental y le gustó. Los basenji son perros cazadores que no pueden ladrar. Emiten una especie de suspiro intenso. Por lo que parece, el animal, acostumbrado a correr sin límites, decidió focalizar su frustración adueñándose de la cocina de su amo. En su última visita a su casa a Sohei le despertaron unos ruidos provenientes de la cocina. Al ir a comprobar qué ocurría encontró a su padre, en medio de la cocina, completamente borracho, a cuatro patas imitando los suspiros basenji. Sohei reía mientras me contaba todo esto. A carcajadas. Y yo también.

Sohei iba para bailarín profesional de breakdance pero ahora se dedica exclusivamente a su familia. Vive con su mujer koreana que no habla francés y tiene un hijo de un año epiléptico al que han operado tres veces el corazón. Antes de confiarme todo esto, me contó que su padre tiene un perro mudo.

Por ese basenji, Sohei ha pasado mi exclusivo filtro y es mi amigo.

Me pregunto cómo he podido pasar yo el suyo. 

sábado, 21 de octubre de 2017

14:38

Son las 14:38 y estoy tumbado en el sofá de mi casa. Y por esos designios inexplicables del destino, en vez de estar durmiendo la siesta estoy resucitando este blog.

Antes de comenzar esta entrada he reído y he llorado (sobre todo he llorado) leyendo todo lo que escribí hace 6 años. Y he reído y he llorado (sobre todo he llorado) recordando todo lo que no he escrito en estos 6 años. Creo que es un acto de justicia que me disculpe con todos esos temas que merecieron ser escritos y que morirán conmigo. Lo siento por ellos, lo digo de corazón. En ocasiones me senté delante de la página en blanco, pero nunca encontré la serenidad o la valentía para rellenarla. Y que conste que llegué a hacer una lista con palabras clave (recuerdos, emociones, lugares) que rondaban por mi mente sobre las que quería elaborar, al menos, un par de líneas, con su sujeto y su predicado. Y tuve muchas personas que me quieren que me animaban a hacerlo. Pero no era el momento adecuado. Simple y llanamente. Porque aunque lo intenté, no salió. A todos los que me animasteis, si seguís ahí, yo sigo aquí. Gracias por esperar.

Ahora, por lo que parece, porque las palabras van fluyendo y no me ataca la melancolía, ni la pereza, ni el vértigo, ahora parece un buen momento para escribir. 

Y sí, las 14:38 (que son ya las 14:53) son más adecuadas para dormir una siesta como Dios manda, estoy de acuerdo. Pero éste es de los pocos momentos en que en mi casa se escuchan las agujas del reloj. Además, las 14:38 da la impresión de hora solemne para volver a sentir esto que siento tecleando. 

Supongo que lo primero que debo hacer es resumir sin apabullar qué pasó en mi vida tras mi escapada transoceánica. Resumiendo del modo más simple que se puede resumir: volví al redil. Lo que supone que un día lo dejé, lo cual es discutible. En fin, rapidito: encontré un puesto de científico en Dublín, donde fui evolucionando hasta obtener una plaza como profesor de universidad. Me casé con la mujer de mi vida con la que estaba absolutamente de acuerdo en no casarnos jamás. Y en Irlanda llegó Santiago, al que decidimos ofrecerle el sol que Dublín no puede dar y las posibilidades que una isla nunca tendrá. Para ello agarramos nuestros bártulos y tres vidas resueltas y nos vinimos a Montpellier donde dirijo el departamento de investigación de una empresa farmacéutica chiquitita. Y en Montpellier se nos ha unido Almudena. Y Paula aún camina conmigo, como siempre hizo. A veces un poco detrás, a veces animándome a seguir, a veces distante, a veces callada, a veces cantando, a veces riendo (llorando) sin razón, a veces de mi mano (casi nunca). Y sigue caminando conmigo. Y yo no sé cómo agradecérselo a ella, y a la vida, por este orden.

En estos 6 años se fueron personas personas a las que quise y a las que sigo queriendo mucho. Se fueron para quedarse, como es obvio. Y su lugar lo ocuparon Adrián y Eduardo y Rocío y Alberto y Ana y Hugo. Y Vera y Elsa. En este tiempo de mucha distancia la amistad me unió a las personas que están en mi corazón. En estos 6 años se crearon, se iniciaron y se apagaron relaciones. 

En estos 6 años, viajé, disfruté, reí, vine, volví, sufrí, viajé de nuevo, tuve mucho miedo, tuve mucho valor, me fui, tuve dolor, tuve alegría, tuve mucha ilusión. En estos 6 años viví. En estos 6 años monté al menos 25 muebles de Ikea. En estos 6 años mi pelo se volvió mucho más blanco. Así que sí, creo que volví al redil. Casi nada.

En fin, que cualquiera que haya pasado un día en una casa con dos niños debe saber, ahora que he presentado oficialmente a Santiago y a Almudena, que la paz no dura mucho. Así se explica que cuando se escucha el ruido de la nevera y uno siente la ineludible necesidad de escribir, lo tiene que hacer. Y eso puede ocurrir a las 14:38, por ejemplo (que son ya las 15:17). 

Paula viene con Almudena en brazos, que le sonríe cuando al fin encuentra sus ojos, como siempre. Ella le corresponde con una sonrisa, como siempre. Santiago ronca de fondo. Esta paz idílica no durará mucho más.

Lo dicho. He vuelto. Si es para quedarme o no, lo dirá el tiempo y mi capacidad para encontrar lo que quiero contaros. Y la energía que tenga para no dormir la siesta a las 14:38.

Hasta pronto.

martes, 3 de mayo de 2011

De cañas

Hemos vivido 29 años juntos, y pese a ello no tengo la menor idea de cómo funciona mi mente. Sí, obviamente, he conseguido cierto grado de poder sobre ella, soy capaz de apartar ciertos temas a rincones oscuros, puedo centrar toda mi atención en la resolución de un Sudoku Samurai, incluso mis esfuerzos como domador me han llevado a hitos como sonreír cuando quiero llorar. Casi nada. Sin embargo, hay unos cuantos procesos incontrolables que se activan sin que yo pueda ejercer control sobre ellos. A veces son recuerdos que vienen de no sé dónde sin saber por qué, en ocasiones son intuiciones que se vuelven certidumbres sin necesidad del menor indicio… Supongo que a todo el mundo le pasan cosas parecidas, al fin y al cabo mi cerebro no es tan distinto al tuyo, por ejemplo.

Uno de estos mecanismos cerebrales me fascina cuando lo observo. Creo que es mi rareza mental favorita, aunque debo admitir que también me genera cierta inquietud. Tengo por ahí dentro un resorte, o algo por el estilo, que en el momento menos esperado, salta. (Nada raro hasta aquí). Este resorte, que es como un interruptor, genera conclusiones claras, cristalinas, casi tocables de razonamientos que ni siquiera existen. Las suelta así, como si nada, en el centro de mis pensamientos. Como suena. Después mi cerebro y yo, no sin esfuerzo, tenemos que trabajarnos un camino inverso, desde esta conclusión vamos generando el razonamiento que le dé lógica. Todo en unos momentitos. Ja. Voy a ilustrarlo con un ejemplo real, que sucedió hace unos días y que es el que me ha llevado a escribir esto que así, de primeras, está sonando raro.

Situémonos en la Calle Mayor de Madrid, en el Bar Postas, un domingo por la mañana, mañana gris y lluviosa por cierto. Cualquiera que conozca mínimamente Madrid sabe que una persona en sus casillas no se mete así como así en un bar del centro un domingo por la mañana, y menos si la mañana es gris y lluviosa. Sólo hay dos excepciones plausibles para este peligroso comportamiento: o le estás enseñando la ciudad a un conocido, amigo, amante o has sufrido un ataque psicótico que te empuja al asesinato de manera irrefrenable. Yo me encontraba, afortunadamente, dentro del primero de los grupos enseñándoles la cara vieja de Madrid a mis sobrinos, de 2 y 3 años, en compañía de mis padres.

Bien. Estamos entonces en un muy madrileño bar delante de unas cañas bien tiradas y bien frías. Somos mi padre y yo proclives a trascender conversaciones tópicas, así que comenzamos a charlar sobre la influencia del continente en el sabor de la cerveza. En un giro inesperado, mi padre comenta que Lufthansa, fiel a sus costumbres germanas, sirve la cerveza de sus vuelos en botellas de cristal (“ajena a esa leyenda del ahorro por la aceituna en la ensalada”, trasciende él). Y justo en ese instante, pim. Mi mente genera la siguiente conclusión, ante la sorpresa del resto de mi masa pensante: has tenido una fortuna increíble disfrutando de cuatro meses de viaje sin dinero por el Sudeste Asiático. Inquieto, trato de mantener el nivel durante el resto de la conversación mientras mi cerebro empieza a trabajar buscando una explicación a esta afirmación en un complejo y rápido proceso en el que se van afirmando y descartando opciones, algo así más o menos...

Al que le gusta viajar, le gusta viajar. Y viajar, todos sabemos, y bien lo explica la frase manida (no hay frase manida que no sea tristemente cierta) no es ir del punto A al B. Eso es trasladarse, moverse o como quiera llamarse. Viajar es sumergirse y respirar. Viajar es descubrir cómo se vive e intentar comprender cómo se siente la persona del lugar en el que estás. Y que un alto ejecutivo de denso y rubio bigote, pese a la aceituna de la ensalada, haya luchado por el vidrio frente al ligero aluminio es un fantástico detalle para el viajero. Porque que un alemán te sirva una cerveza en cristal (que no es cristal, es vidrio), te habla de su gente, de sus costumbres, de lo que saben y de lo que les gusta, de su manera de ser y de que sí, son alemanes y mantienen el vidrio pese a la aceituna. Porque este hecho va en contra de la tendencia universal que tiende a convertir el viaje en algo totalmente insustancial, aséptico e indoloro… en un mero traslado.

No ocurre así si uno viaja con los dólares contados por el sudeste asiático. En ese caso, el mensaje cultural no viene de manera elegante, miniaturizado y envasado en botella de vidrio, como hacen los alemanes. Viajar con 25 personas en una furgoneta a 130 km/h, entre viejos y enfermos, entre mercancías ilegales, paquetes de tabaco escondidos debajo de la ropa, suciedad, miradas amenazadoras… todo ello te da una clara idea de la falta de respeto por todo que reina en Vietnam. Bajarte y sentarte, en ritual silencio, por tercer día consecutivo, al lado de un autobús averiado, vehículo que sería ya viejo cuando se compró, bajo un sol dañino, a 40ºC, te revela la resignación que genera la total pobreza que reina en Laos. Soportar durante 4, 5 horas, una eternidad, un karaoke de música tradicional a todo volumen emitido en una televisión de ultimísima generación en un bus que difícilmente se mueve te afirma en la continua contrariedad que es Camboya. Observar desde tu moderno tren, en un microclima generado por un desaforado aire acondicionado cómo entras en la moderna ciudad de Bangkok con personas tumbadas en cualquier lugar, de cualquier modo, muertas de calor, te obliga a darte cuenta de la cara desagradable de los nuevos ricos.

Y entonces caigo en que yo, que me gusta viajar, o al menos así afirmo orgulloso en las reuniones sociales, he tenido una inmensa fortuna por poder vivir todo esto. Porque si lo hubiese hecho con unos dólares más, nada habría existido, ni furgonetas ni averías ni karaokes, ni gente.

Por nuestra Europa, sin embargo, el que viaja económicamente se asegura un traslado impersonal, borreguil, maleducado y ciego. Quiero no pensar que, al igual que en el otro extremo del mundo, ello es fiel reflejo nuestro modo de ser y de pensar. Prefiero pensar que desgraciadamente en esta parte del mundo en la que todo ya se compró, nada es gratis. Al fin y al cabo, de manera inversa a lo que ocurre allí, por un poco de dinero más tienes cultura embotellada.

Llegados a este punto, mi cerebro se ha calmado, satisfecho de nuevo por haber encontrado una vez más una explicación al inexplicable comportamiento de mi mente, por haber puesto principio y fin al razonamiento que generó la conclusión. A todo esto, la caña se ha acabado y Andrea, que a ese nombre responde mi sobrina, me devuelve a la realidad, lejos de tanta conclusión y tanto razonamiento que, en realidad, no sirven para gran cosa, como casi todo lo que hace mi mente. Andrea, que no sabe qué hace, o sí, me pide una aceituna.

Recuerdos II

Respuestas a una pregunta.

¿Cuándo piensas escribir sobre tus viajes, sobre tus recuerdos?

Todo recuerdo es una mentira. No hay recuerdo objetivo, no hay recuerdo que refleje una realidad aséptica. Desde el momento en que un hecho pasa a formar parte de tu bagaje mental, estás vistiendo tu recuerdo con sensaciones, intereses y fantasía. Mucha fantasía.

No comparto la idea general que afirma que el tiempo tiende a dulcificar los recuerdos, a quitarle a la realidad la capa desagradable que la envuelve. Las peores etapas de mi corta vida las sigo recordando como amargas. Poniéndome en un extremo irracional, (ya sé), nunca escuché la muerte de un ser querido entre carcajadas, o una enfermedad, un accidente de coche, ni siquiera una visita al dentista como si fueran un chiste.

De modo contrario, los recuerdos que vienen a mi presente con una sonrisa fueron, en realidad, buenos. Creo que el ser humano tiene una molesta tendencia a despreciar el momento, a dramatizar y desaprovechar su tiempo. Y por ello, hechos que en realidad son gratos se viven como fatales para después, recordarlos alegre con la tradicional coletilla de “entonces no nos reíamos, pero recuerdas cuando…”. Son las anécdotas que uno escucha sobre depósitos de gasolina vacíos, personajes que pasaron por tu vida o comidas exóticas.

El recuerdo es siempre exagerado, minimizado o corregido por el que lo vivió contigo. Error. El recuerdo es tuyo, sólo tuyo. Además, probablemente, ese recuerdo no será el mismo unos días después. Porque el recuerdo evoluciona respecto a la realidad y respecto a sí mismo. El recuerdo cambia dependiendo del ambiente y la compañía en el que se le haga retornar, de la necesidad de tenerlo presente. Es el recuerdo, así pues, una mentira al cuadrado, una mentira evolucionada, una historia irreal sobre un fondo vivido.

El recuerdo, por lo tanto, cuanto más lejano, más fantástico se va volviendo. Y sin embargo, más real.

Precaución con los recuerdos que vienen sin ser llamados, y más todavía a los que no se dejan salir nunca… Los recuerdos hay que airearlos de vez en cuando para que no se vuelvan oscuros y dañinos.

Ojo a los recuerdos que comienzan por un “me acuerdo perfectamente de…”. Ese momento, sin duda, supuso algo especial sentimentalmente para el narrador, por lo que esa anécdota debe ser tomada con la veracidad que en realidad tiene. O no. Porque qué es en realidad un recuerdo si no lo que significa para el que lo posee. Qué es un recuerdo si no las sensaciones que te transmite.

En fin, recuerdos.

Se me pregunta cómo lo pasé. En mi boca aparecen un bien y una sonrisa. Se me pregunta si lo recomiendo, si lo volvería a hacer. A mi boca vienen un no y una sonrisa.

Escribiré, y que cada uno lea lo que quiera. Porque todo es mentira, mi mentira.