31 de Octubre de 2014. Llevaba poco tiempo en mi oficina, serían aproximadamente las 8:30 de la mañana. El día era gris, lo cual no era ninguna novedad. Estaba preparando mi clase del día, sobre bioequivalencia si la memoria no me falla. Entonces me llamó Paula. No era una falsa alarma, o quizá sí, pero convenía que fuese a casa. Pedí un taxi. Del trayecto recuerdo que el taxista me hablaba sobre anécdotas de mujeres parturientas, sobre los partos de sus propios hijos. A uno de ellos no llegó por el tráfico. Creo que intentaba relajarme con una táctica un tanto arriesgada. Afortunadamente, no tardamos en llegar a la última casa que tuvimos en Dublín, qué hermosa. Al entrar, encontré a Paula en la bañera del cuarto de baño de invitados. Me enseñó un papel donde tenía apuntadas la hora y la duración de cada contracción. No tengo ni idea de qué hablamos pero momentos después estábamos en el coche camino de la maternidad. Paula se retorcía de dolor. Y no tenía idea de que le quedaban 17 horas.
En la maternidad tuvimos que esperar en la entrada una hora porque el recepcionista no estaba. Ahí la situación perdió casi todo su romanticismo. Paula retorciéndose, con su maleta, en la sala de espera... al lado de abuelos con ramos de flores. Y yo con cara de aquí estamos. Finalmente nos atendieron con una actitud muy irlandesa, muy desenfadada. Más o menos como cuando siete meses antes nos habíamos acercado aterrados con un test de embarazo positivo en la mano. En su día nos mandaron para casa con una palmadita en la espalda, entonces nos hicieron rellenar no sé cuántos papeles, pese a que habíamos ido a la maternidad por lo menos veinte veces antes. Todo entre chistes y comentarios sobre el tiempo. Lo dicho, muy irlandés. Acto seguido nos enviaron a una primera sala en la otra punta del hospital donde nos confirmaron que sí, que Santiago venía. Eso animó a Paula, que empezó de nuevo a controlar sus respiraciones, a colocarse como le habían enseñado, y volvimos a apuntar la hora y la duración de cada contracción... dónde estará esa lista que nunca vio nadie. No duraría mucho la concentración. De ahí nos mandaron a la sala de preparación para el parto, de nuevo en la otra punta de la maternidad.
La sala de preparación para el parto era un pabellón enorme con unos 10 habitáculos separados por cortinas. En cada habitáculo había una mujer preparándose para el parto, qué otra cosa se puede ir a hacer ahí. Una matrona controlaba todo. Aunque no se haya visto a una mujer pariendo, uno puede imaginar que no es un momento especialmente llevadero en su existencia. Recuerdo que había una que lloraba desconsoladamente; otra, al fondo, emitía grititos de cuando en cuando. No era agradable, pero se podía soportar y por un rato nuestro parto avanzó bien, entre masajes y posiciones más o menos rocambolescas. Y la lista de contracciones empezaba a quedarse pequeña. Para entonces Paula ya andaba cansada, debían ser las dos de la tarde. Fue entonces cuando al habitáculo de al lado llegó la mujer-cerda. Esa mujer no gritaba, esa mujer chillaba desaforadamente, de manera continua. Absolutamente insoportable. Ahí se desbarató todo. En cierto momento de desconexión absoluta Paula le gritaba a la cortina que nos separaba de ella: "CALLATEEEE PELOTUDAAAAAA" o "LA P*** QUE TE RECONTRAMILPARIÓ" entre otras lindezas. Recuerdos imborrables. Así estuvimos un par de horas. Cuando finalmente nos sacaron de la sala de preparación al parto para llevarnos a la sala de parto, en la otra punta de la maternidad, Paula estaba mucho menos preparada que cuando entró.
La sala de parto era individual, afortunadamente. Con una de esas camas que se mueven y ajustan de todas las maneras posibles. Tengo terror a esas camas, me da miedo que empiecen a moverse solas y uno acabe hecho un cuatro ahí dentro. La sala tenía un gran ventanal desde el que se veía todo el barrio. En ese barrio fue donde Paula y yo tuvimos nuestra primera casa en Dublín, una caja de cerillas por la que pagábamos una fortuna. Hermoso. La dilatación no andaba bien, las contracciones eran flojitas... la cosa iba para largo. Al rato de llegar vinieron a preguntarnos si nos importaba que un bombero presenciase el parto, por lo visto era parte imprescindible de su formación. Todo seguía siendo muy irlandés, muy de andar por casa. Aceptamos, porque somos gente comprometida con la seguridad de nuestros congéneres. Así que ahí se nos unió este buen señor, que se quedó sentado en una esquina. Ustedes hagan como si yo no estuviese, me dijo. Cada vez que le miraba el hombre tenía la vista fija en el infinito, un poco forzadamente, como para decirme: no estoy viendo lo que tu mujer le está enseñando al mundo. Lo dicho, un buen hombre, finalmente ayudó mucho.
Fue en esa sala donde descubrí un aparato demoníaco. Un cacharro que mide, por medio de unas sondas, el pulso del bebé y las contracciones de la madre. Es terrorífico. El corazón del bebé se ralentiza muchísimo justo antes de que la madre tenga una contracción. En las contracciones grandes el corazón se le para... se encienden unos pivotitos de alarma en la pantalla... a veces incluso pitaba. Nada bueno. Lo peor es que yo era el único que parecía prestarle atención. Qué mal rato. A Paula, que para entonces se ponía violeta en cada contracción, no le podía decir lo que estaba viendo. Y la matrona no le daba la menor importancia. Le busqué el lado positivo y decidí que podía avisar a mi mujer cada vez que se acercaba una contracción gigante, porque como digo venía precedida por una bajada brutal del pulso del bebé. La segunda vez que le dije a Paula "ahora te va una buena" me respondió, con toda la gentileza del mundo "pero dejate de j****". Decidí que esa pantalla no iba a ayudar para el resto del parto y no la miré más.
Aquello parecía ir mejor, pero iba muy lento. En cierto momento la matrona me preguntó si quería ver el pelo de mi hijo. Muy oscuro y mucho, me dijo... no como el padre. Socorridos siempre los chistes sobre mi alopecia para calmar el ambiente. El bombero, solidario, no se rió. Yo preferí no mirar. Fue más o menos para entonces, y ya debían ser las diez de la noche, cuando pedimos la epidural. Como para que nos arrepintiésemos, nos trajeron un papelito que teníamos que firmar en el que se nos explicaban todas las cosas horribles que podían llegar a pasarle a Paula si la anestesista erraba el tiro. Era una lista espeluznante, paraplejia era lo más suave que había escrito. Paula firmó relativamente tranquila, o más bien desesperada, porque qué podía ir mal, si no es más que una inyección. Evidentemente, al firmar desconocíamos el tamaño de esa aguja. La anestesista apareció con un fusil en la mano. Por Dios que no sabía que había agujas de tal grosor... Rememoré la lista de atrocidades al completo en los segundos eternos que tardó en inyectar.
A partir de ahí todo se aceleró, hasta el punto que la matrona, una chica apellidada McDonald y que no callaba un segundo, animaba a Paula a empujar más fuerte para tener un "niño Halloween". El bombero tampoco se rió. Santiago ya estaba casi fuera, pero no conseguía salir. Yo me sentía completamente inútil al lado de mi señora cumpliendo mi función imprescindible de apretar la mano (o mejor dicho, dejar que me la apretasen). Fue entonces cuando cometí el error más grave de ese día, del que aún intento recuperarme. En un momento dado una médico entró en la sala, tijeras en mano y me dijo, muy seria: "ahora no mire". No le hice caso. Efectivamente, su pelo era mucho más oscuro y abundante que el mío. Y había mucha sangre. No diré más.
Segundos después nació Santiago. Ya eran las 1:47 del 1 de Noviembre de 2014. No fue un niño Halloween. Fue un niño de todos los santos. Un ser azulado, resbaladizo. Con la cabeza de la forma de un plátano y una costra de sangre de su madre que le duró semanas. El ser más maravilloso del planeta tierra. Cuando abrió los ojos descubrí la misma mirada que tiene hoy cuando se despierta. Fue entonces cuando me tocaron mis milésimas de atención esa noche porque sentí que me temblaban las piernas. No de emoción, de flojera. Supongo que puse cara de hombre a punto de desvanecerse porque la médico de las tijeras me miró severamente, me señaló una silla en la esquina y me dijo: "Ahí". Espero que el bombero no se diese cuenta.
Lo que siguió después está bastante borroso en mi mente. Recuerdo que después de mi hijo salió su placenta (qué cosa horrenda) y que Santiago se quedó tranquilo, en el pecho de su madre. Al llegar a la sala postparto (en la otra punta de la maternidad, de nuevo habitáculos separados por cortinas, esta vez silenciosa) donde nos despedimos por siempre del bombero, una matrona pakistaní totalmente dormida me ordenó: cambia a tu hijo. Tardó unos segundos en darse cuenta que eso era absolutamente inviable, no sabía ni cómo desabrochar el pijama para ponérselo.
Parece mentira que Paula haya sido capaz de pasar de nuevo por lo mismo un par de años después. La bipedestación, el pulgar prensil y la visión tridimensional están muy bien y son muy útiles para cazar un mamut o jugar a la Play (de pie). Es innegable que sin ellos el ser humano seguiría sentado en un árbol, plácidamente, mirando pasar la vida. Huyendo de depredadores y muriendo a los 20 años, pero plácidamente. Y que el mundo sería muy distinto, quizá mucho mejor. En cualquier caso, no habríamos llegado hasta aquí si miles de años de evolución no le hubiesen inculcado al cerebro humano una profunda tara: el olvido maternal postparto. Nadie en su sano juicio se prestaría a sufrir tanto recordando lo vivido anteriormente. O quizá, viendo cómo Paula quiere a Santiago, a Almudena, uno sospecha que el parto no esté del todo olvidado (difícil de creer que una mujer olvide algo) y que en realidad las madres no están en su sano juicio.
Hoy hace tres años del nacimiento de Santiago Adolfo. Casualidad, o no, le hemos regalado un traje de bombero. Muchas felicidades, querido hijo.
En la maternidad tuvimos que esperar en la entrada una hora porque el recepcionista no estaba. Ahí la situación perdió casi todo su romanticismo. Paula retorciéndose, con su maleta, en la sala de espera... al lado de abuelos con ramos de flores. Y yo con cara de aquí estamos. Finalmente nos atendieron con una actitud muy irlandesa, muy desenfadada. Más o menos como cuando siete meses antes nos habíamos acercado aterrados con un test de embarazo positivo en la mano. En su día nos mandaron para casa con una palmadita en la espalda, entonces nos hicieron rellenar no sé cuántos papeles, pese a que habíamos ido a la maternidad por lo menos veinte veces antes. Todo entre chistes y comentarios sobre el tiempo. Lo dicho, muy irlandés. Acto seguido nos enviaron a una primera sala en la otra punta del hospital donde nos confirmaron que sí, que Santiago venía. Eso animó a Paula, que empezó de nuevo a controlar sus respiraciones, a colocarse como le habían enseñado, y volvimos a apuntar la hora y la duración de cada contracción... dónde estará esa lista que nunca vio nadie. No duraría mucho la concentración. De ahí nos mandaron a la sala de preparación para el parto, de nuevo en la otra punta de la maternidad.
La sala de preparación para el parto era un pabellón enorme con unos 10 habitáculos separados por cortinas. En cada habitáculo había una mujer preparándose para el parto, qué otra cosa se puede ir a hacer ahí. Una matrona controlaba todo. Aunque no se haya visto a una mujer pariendo, uno puede imaginar que no es un momento especialmente llevadero en su existencia. Recuerdo que había una que lloraba desconsoladamente; otra, al fondo, emitía grititos de cuando en cuando. No era agradable, pero se podía soportar y por un rato nuestro parto avanzó bien, entre masajes y posiciones más o menos rocambolescas. Y la lista de contracciones empezaba a quedarse pequeña. Para entonces Paula ya andaba cansada, debían ser las dos de la tarde. Fue entonces cuando al habitáculo de al lado llegó la mujer-cerda. Esa mujer no gritaba, esa mujer chillaba desaforadamente, de manera continua. Absolutamente insoportable. Ahí se desbarató todo. En cierto momento de desconexión absoluta Paula le gritaba a la cortina que nos separaba de ella: "CALLATEEEE PELOTUDAAAAAA" o "LA P*** QUE TE RECONTRAMILPARIÓ" entre otras lindezas. Recuerdos imborrables. Así estuvimos un par de horas. Cuando finalmente nos sacaron de la sala de preparación al parto para llevarnos a la sala de parto, en la otra punta de la maternidad, Paula estaba mucho menos preparada que cuando entró.
La sala de parto era individual, afortunadamente. Con una de esas camas que se mueven y ajustan de todas las maneras posibles. Tengo terror a esas camas, me da miedo que empiecen a moverse solas y uno acabe hecho un cuatro ahí dentro. La sala tenía un gran ventanal desde el que se veía todo el barrio. En ese barrio fue donde Paula y yo tuvimos nuestra primera casa en Dublín, una caja de cerillas por la que pagábamos una fortuna. Hermoso. La dilatación no andaba bien, las contracciones eran flojitas... la cosa iba para largo. Al rato de llegar vinieron a preguntarnos si nos importaba que un bombero presenciase el parto, por lo visto era parte imprescindible de su formación. Todo seguía siendo muy irlandés, muy de andar por casa. Aceptamos, porque somos gente comprometida con la seguridad de nuestros congéneres. Así que ahí se nos unió este buen señor, que se quedó sentado en una esquina. Ustedes hagan como si yo no estuviese, me dijo. Cada vez que le miraba el hombre tenía la vista fija en el infinito, un poco forzadamente, como para decirme: no estoy viendo lo que tu mujer le está enseñando al mundo. Lo dicho, un buen hombre, finalmente ayudó mucho.
Fue en esa sala donde descubrí un aparato demoníaco. Un cacharro que mide, por medio de unas sondas, el pulso del bebé y las contracciones de la madre. Es terrorífico. El corazón del bebé se ralentiza muchísimo justo antes de que la madre tenga una contracción. En las contracciones grandes el corazón se le para... se encienden unos pivotitos de alarma en la pantalla... a veces incluso pitaba. Nada bueno. Lo peor es que yo era el único que parecía prestarle atención. Qué mal rato. A Paula, que para entonces se ponía violeta en cada contracción, no le podía decir lo que estaba viendo. Y la matrona no le daba la menor importancia. Le busqué el lado positivo y decidí que podía avisar a mi mujer cada vez que se acercaba una contracción gigante, porque como digo venía precedida por una bajada brutal del pulso del bebé. La segunda vez que le dije a Paula "ahora te va una buena" me respondió, con toda la gentileza del mundo "pero dejate de j****". Decidí que esa pantalla no iba a ayudar para el resto del parto y no la miré más.
Aquello parecía ir mejor, pero iba muy lento. En cierto momento la matrona me preguntó si quería ver el pelo de mi hijo. Muy oscuro y mucho, me dijo... no como el padre. Socorridos siempre los chistes sobre mi alopecia para calmar el ambiente. El bombero, solidario, no se rió. Yo preferí no mirar. Fue más o menos para entonces, y ya debían ser las diez de la noche, cuando pedimos la epidural. Como para que nos arrepintiésemos, nos trajeron un papelito que teníamos que firmar en el que se nos explicaban todas las cosas horribles que podían llegar a pasarle a Paula si la anestesista erraba el tiro. Era una lista espeluznante, paraplejia era lo más suave que había escrito. Paula firmó relativamente tranquila, o más bien desesperada, porque qué podía ir mal, si no es más que una inyección. Evidentemente, al firmar desconocíamos el tamaño de esa aguja. La anestesista apareció con un fusil en la mano. Por Dios que no sabía que había agujas de tal grosor... Rememoré la lista de atrocidades al completo en los segundos eternos que tardó en inyectar.
A partir de ahí todo se aceleró, hasta el punto que la matrona, una chica apellidada McDonald y que no callaba un segundo, animaba a Paula a empujar más fuerte para tener un "niño Halloween". El bombero tampoco se rió. Santiago ya estaba casi fuera, pero no conseguía salir. Yo me sentía completamente inútil al lado de mi señora cumpliendo mi función imprescindible de apretar la mano (o mejor dicho, dejar que me la apretasen). Fue entonces cuando cometí el error más grave de ese día, del que aún intento recuperarme. En un momento dado una médico entró en la sala, tijeras en mano y me dijo, muy seria: "ahora no mire". No le hice caso. Efectivamente, su pelo era mucho más oscuro y abundante que el mío. Y había mucha sangre. No diré más.
Segundos después nació Santiago. Ya eran las 1:47 del 1 de Noviembre de 2014. No fue un niño Halloween. Fue un niño de todos los santos. Un ser azulado, resbaladizo. Con la cabeza de la forma de un plátano y una costra de sangre de su madre que le duró semanas. El ser más maravilloso del planeta tierra. Cuando abrió los ojos descubrí la misma mirada que tiene hoy cuando se despierta. Fue entonces cuando me tocaron mis milésimas de atención esa noche porque sentí que me temblaban las piernas. No de emoción, de flojera. Supongo que puse cara de hombre a punto de desvanecerse porque la médico de las tijeras me miró severamente, me señaló una silla en la esquina y me dijo: "Ahí". Espero que el bombero no se diese cuenta.
Lo que siguió después está bastante borroso en mi mente. Recuerdo que después de mi hijo salió su placenta (qué cosa horrenda) y que Santiago se quedó tranquilo, en el pecho de su madre. Al llegar a la sala postparto (en la otra punta de la maternidad, de nuevo habitáculos separados por cortinas, esta vez silenciosa) donde nos despedimos por siempre del bombero, una matrona pakistaní totalmente dormida me ordenó: cambia a tu hijo. Tardó unos segundos en darse cuenta que eso era absolutamente inviable, no sabía ni cómo desabrochar el pijama para ponérselo.
Parece mentira que Paula haya sido capaz de pasar de nuevo por lo mismo un par de años después. La bipedestación, el pulgar prensil y la visión tridimensional están muy bien y son muy útiles para cazar un mamut o jugar a la Play (de pie). Es innegable que sin ellos el ser humano seguiría sentado en un árbol, plácidamente, mirando pasar la vida. Huyendo de depredadores y muriendo a los 20 años, pero plácidamente. Y que el mundo sería muy distinto, quizá mucho mejor. En cualquier caso, no habríamos llegado hasta aquí si miles de años de evolución no le hubiesen inculcado al cerebro humano una profunda tara: el olvido maternal postparto. Nadie en su sano juicio se prestaría a sufrir tanto recordando lo vivido anteriormente. O quizá, viendo cómo Paula quiere a Santiago, a Almudena, uno sospecha que el parto no esté del todo olvidado (difícil de creer que una mujer olvide algo) y que en realidad las madres no están en su sano juicio.
Hoy hace tres años del nacimiento de Santiago Adolfo. Casualidad, o no, le hemos regalado un traje de bombero. Muchas felicidades, querido hijo.
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