sábado, 28 de octubre de 2017

La nena

Vivimos en un barrio muy tranquilo. Nuestra casa está muy bien situada, muy cerca de la carretera que lleva a la playa y a un cuarto de hora caminando del centro, lo cual es muy conveniente cuando Paula necesita interactuar con otros humanos adultos. La única pega es que tenemos una comisaría a unos 200 metros, así que de cuando en cuando escuchamos una sirena en la lejanía. Esto no es ningún inconveniente, excepto porque cuando Santiago se percata imita el ruido de un coche de policía amplificado por un factor de 394 más o menos, para nuestro regocijo.

Hay un parque justo enfrente de nuestro portal. Es un parque normal, con dos hileras de árboles y una fuente con cuatro chorros de agua que huele a lejía. En este parque normal ocurren las cosas normales que ocurren en los parques. Los perros hacen sus necesidades francesas, de cuando en cuando un grupito juega a la petanca y jóvenes ociosos llevan a cabo turbios tejemanejes disimulándolo bastante mal. Dentro de este parque hay un recinto equipado con juegos para niños pequeños: un par de castillitos con sus respectivos toboganes para que la chiquillería comience a fortalecer sus cervicales cuanto antes.

Como es evidente, de cuando en cuando, voy con Santiago a este parque. No ocurre tan frecuentemente como cabría creer, mi hijo tiene un intrincado sistema interno de selección para sus tiempos de ocio y cada día elige un parque distinto de la zona, en función de vete tú a saber qué criterio. El caso es que hace un par de semanas, cuando volví de trabajar, porque Mercurio estaba retrógrado o porque había merendado yogur de albaricoque, ese día quiso ir al parque de aquí al lado a jugar en los castillos.

Cuando llegamos me sorprendió encontrarme un espectáculo un tanto patético. Un grupo de padres y sus hijos que hablaban alguna lengua eslava estaba apelotonado en una esquina del recinto interior. Miraban aterrorizados como un muchacho preadolescente, pongamos 10 años, tiraba con su balón de fútbol contra los castillos, con todas su fuerzas. Y tenía bastante fuerza. Este pequeño neandertal lucía una coleta, ropa de marca y estaba acompañado de un esbirro que le celebraba la ocurrencia con una risa demasiado forzada, un poco histérica. Antes de continuar el relato debo aportar un pequeño detalle, el muchacho futbolista era de raza árabe. Los habitantes en Francia sabrán apreciar este pequeño detalle.

En fin, que llego ahí con Santiago charlando sobre la dualidad onda-corpúsculo, y nos encontramos a estos señores y sus hijos arrinconados esperando a que el muchacho sufra un calambre o tenga un apretón o algo por el estilo. Santiago, al llegar, entró en el recinto y se quedó quieto, tocándose el labio superior, observando la situación. Nada raro, es lo que hace cada vez que llega a un parque. Yo, obviamente, con mis mejores modos, le indiqué al pequeño cavernícola que podía dar a alguien y que dejase de hacer eso. Me sentí un héroe, el chico cogió su pelota y se marchó acompañado de su admirador. Los allí presentes me agradecieron muy eslavamente, con la mirada.

Pasados unos minutos, muy pocos, el muchacho coletudo volvió y se puso a tirar la pelota, con toda su soprendente fuerza, esta vez contra la valla que rodea el recinto; valla de menos de un metro de altura. En ese instante, los adultos presentes, en una decisión tan coordinada que sin duda ya había sido discutida, recogieron a sus hijos, se guardaron su dignidad y se marcharon aceptando su derrota ante la brutalidad. Todo muy eslavo. Yo, firme defensor de la razón y el civismo, le recriminé su actitud y le recordé que podía darle un pelotazo a mi hijo, que seguía tocándose el labio de arriba, pero esta vez mirándome a mí. Este pequeño error natural con coleta me replicó con dos ideas muy definidas: no estaba tirando contra el parque, estaba disparando a la valla, y estaba en su derecho de hacer lo que le diese la gana en un lugar público. Sin duda estas ideas habían sido maduradas junto a su acompañante en esos minutos de ausencia. Un plan maestro. A este primer intercambio dialéctico siguió un interesante debate en el que yo intenté hacerle razonar sobre los límites de la libertad individual. Este pobre melenudo no salía de su argumentario, a cada una de mis ideas respondía alternativamente "es la valla" y "soy libre". Y mientras hablábamos no dejaba de dar balonazos, su acompañante reía y Santiago se tocaba el labio. Mi tono fue subiendo, porque tan defensor de la razón soy que pensaba que este papanatas quizá requería un cambio de registro para activar su cerebro y comprender un razonamiento tan simple. No me enorgullezco de decir que mis últimos ejemplos para demostrar la idiotez de sus ideas fueron: "yo también soy libre pero no por eso me pongo a cagar aquí" (chier es cagar en francés) y "qué te parece si bajo con una pistola de mi casa y me pongo a disparar a tu alrededor, sin darte".

Fue más o menos en ese momento cuando una pareja de mujeres (pequeño detalle, árabes) pasaron por nuestro lado. Obviamente, llamamos su atención. Una de ellas le preguntó al ser involucionado, al que parecía conocer, si había algún problema, mirándome a mí. Yo le expliqué la situación mientras el coletas ponía cara de bueno y Santiago se tocaba el labio. Para mi sorpresa, o no, la respuesta de esta buena mujer fue triple:
- al menos está haciendo deporte.
- pues yo prefiero esto a la gente que trae a sus perros a hacer caca y llena todo de basura.
- usted es de por aquí... porque no le he visto nunca.
Y se marchó. Y con ella mis esperanzas de que un mediador pudiese hacer entender a ese chico que su actitud no era adecuada y, puestos a soñar, que me presentase excusas.

La situación no dio para mucho más. El chico coletudo y su complaciente compadre continuaron en lo mismo, enrocados en su posición de semisimios. Comenzaron a imitarme y ridiculizar mi voz ante mis últimos intentos de hacerles comprender que actuando así les esperaba una vida de delincuencia y sufrimiento. Cuando se cansaron de humillarme se marcharon a seguir con sus inútiles existencias. Entonces Santiago decidió que no quería jugar en el parque y nosotros también nos fuimos.

Más allá de alterarme y confirmarme que el ser humano está condenado a una extinción muy dolorosa y muy merecida, esta situación me preocupó. Por Santiago. Evidentemente, la lección que quería darle sobre cómo con la razón se puede convencer incluso a un preadolescente con coleta fue un total fracaso. En estos días he llegado a preguntarme si, en contra de mi naturaleza pacífica (y cobarde), no debería haberle enseñado a mi hijo que cuando la superioridad intelectual no es suficiente hay que utilizar la superioridad física. Si no debería haber rajado el balón, haberle metido la coleta al tonto a las tres en la fuente con olor a lejía y haberme cagado en el parque para mostrarle que para chulo, mi pirulo. Me preocupaba también que Santiago dedujera de todo ello que a personajes como ese proyecto de estúpido había que tenerles miedo, al estilo eslavo.

Ayer bajamos de nuevo al mismo parque. Allí estaban ese chico, su balón y su coleta. Me reconfortó mucho que Santiago, muy contento, me dijo: "la nena", señalando al muchacho. "Juega al fútbol", me explicó. Como no podía ser de otra manera, este pequeño idiota le pegó un pelotazo a la valla. Nos miramos. Le dije: "otra vez no, por favor". Y se marchó. Vete tú a saber por qué, pero se marchó. Poco me importa, esta vez gané yo. Y para mi tranquilidad, Santiago lo vio todo, tocándose el labio.



domingo, 22 de octubre de 2017

Basenji

Soy un asocial. O mejor dicho, me he convertido un exclusivo social. Un sibarita. Lo admito sin ningún rubor, aquí y ante invitaciones a eventos sociales que no me interesan en absoluto. Gracias por la invitación, pero es que soy asocial (siempre es más fácil decir esto a explicar que la compañía de mi interlocutor no me interesa en absoluto). Generalmente recibo una cara de incredulidad como respuesta. Es muy común que a mi alrededor se confunda mi amabilidad y mis ganas de hacer sonreír a los demás con una sociabilidad que, como digo, perdí hace ya mucho tiempo. Así que me veo obligado a explicar, con toda la vaguedad que me es posible, que me gusta mucho estar solo, que no soy muy sociable, que me estoy volviendo un poco autista con la edad...

En Irlanda, en una tarde cualquiera en la que seguramente estaba procrastinando delante de mi ordenador, se me acercaron solemnes y silenciosos tres compañeros de trabajo . Se colocaron muy serios y muy ordenados en la puerta del despacho, dejando claro que de ahí no iba a escapar (táctica a la que recurro frecuentemente: ir a buscar una urgencia, un olvido, siempre lejano, ante la potencialidad de una conversación indeseada). Este ataque frontal, calculado e inesperado hizo que se me encendieran las alarmas. Queremos saber si tienes un problema con nosotros, me dijo una de ellas, una pánfila de nivel extremo. Nunca vienes a hacer nada cuando te invitamos. Yo, aliviado porque creía que había incendiado el laboratorio o que me iban a comunicar alguna muerte, solo pude responder con una pequeña carcajada. No, no sois vosotros, soy yo. Me gusta mucho estar solo, no soy muy sociable, me estoy volviendo un poco autista con la edad... Creo que les decepcioné, quizá esperaban una confesión desgarradora sobre una doble vida como contrabandista de órganos. Desde entonces, no recibí ninguna otra invitación.

Recuerdo con sorprendente claridad la noche en la que decidí exclusivizar mi vida social. Recuerdo el momento en que me pregunté qué carajo estaba haciendo yo ahí con ese dolor de pies, al lado de la puerta del baño de ese bar inmundo cuando donde quería estar de verdad, en vez de conversando a gritos y sosteniendo una copa, era en la cama. En mi cama. En el bar había luz verdosa y justo antes de mi revelación un tipo me acababa de dar un codazo para entrar en el baño (insisto en lo del baño porque espero que el lector avezado comprenda que yo era del tipo de "fiestero" que, arrastrado por la masa, acababa inevitablemente al lado de las puertas de los baños). Desde aquel preciso instante, he sido consecuente con lo que siento en cuanto a relaciones sociales. Porque aunque siempre fui así (desapariciones espontáneas en reuniones familiares, innumerables conversaciones muertas en silencios incomodísimos) hasta ese momento no me decidí a pasar a la acción de manera sistemática. De aquella noche hace más de 15 años. A estas alturas no me interesan lo más mínimo las personas huecas que estuvieron en Barcelona pero no en Madrid pero qué ganas tengo de ir, las historias banales sobre tu trabajo como ingeniero proyectista, las anécdotas de aviones perdidos pero qué buenas vacaciones ni los cotilleos sobre aquél que un día decidió que sí pero no. Para eso, prefiero estar solo, haciendo lo que sea, incluido, obviamente, nada.

Evidentemente, disfruto de la compañía de ciertas personas, y cuando el quién y el dónde coinciden, lo paladeo. Tengo la inmensa fortuna de tener amigos de la infancia, de los que la vida te elige sabiamente, con los que quiero estar. Siempre. Sin embargo, los que han entrado en este selecto club que son mis amistades lo han hecho pasando mi exclusivo e inconsciente filtro. Y yo pasando el suyo. Porque por lo general, mis nuevas amistades son también asociales. El proceso para la selección mutua no es claro, ni fijo. No es preciso hablar de Dostoievsky ni de geopolítica. No es preciso no hablar del calor que hace para ser octubre. En algunas ocasiones, no es preciso hablar. Creo que en realidad lo único que es preciso es que se genere un interés mutuo impalpable, un sentimiento de comodidad. Qué menos se le puede pedir a una amistad. Qué menos si se le está dando a la otra persona la capacidad de hacerte sufrir.

Dicho lo dicho, no es de extrañar que me haya llevado casi tres años tener a alguien a quien llamar amigo en Montpellier. Responde al nombre de Sohei, es japonés y le conocí haciéndole la entrevista para unirse a mi empresa; entrevista que pasó sin problemas. Solemos comer juntos un par de veces por semana, en los que conversamos sobre cualquier tema. Estas dos horas semanales son los límites actuales de nuestra amistad, estamos planeando encontrarnos fuera del trabajo con nuestras familias respectivas pero no creo que esto ocurra en un futuro cercano. Exactamente como debe ser.

Y cómo hizo Sohei para pasar mi filtro... Come cada día lo mismo: dos nems con arroz hervido y un yogurt desnatado o un flan. Acude a nuestras citas impolutamente vestido, con una gorra blanca que le cubre la calva, montado en una bicicleta femenina. Siempre alaba la apariencia y el olor mi tupper pero jamás ha probado lo que hay dentro. Es increíblemente educado. No es un buen conversador pero tiene un sarcasmo muy japonés, infinito. Recuerdo cierta ocasión en la que nuestra conversación divagaba sobre la insoportable levedad el ser cuando me confesó algo. Su padre, que vive con su madre, es un alcohólico en vías de recuperación, tiene cuatro perros y cuatro gatos. Me describía a este hombre como un excesivo que perdió las uñas de las manos por pasar la noche en la cima del monte Fuji, a la intemperie. Y que tuvo que ser devuelto a su casa en ambulancia por intentar hacer 200 kms en bicicleta sin preparación. En otra ocasión decidió importar desde el Congo hasta Japón un perro de raza basenji porque lo vio en un documental y le gustó. Los basenji son perros cazadores que no pueden ladrar. Emiten una especie de suspiro intenso. Por lo que parece, el animal, acostumbrado a correr sin límites, decidió focalizar su frustración adueñándose de la cocina de su amo. En su última visita a su casa a Sohei le despertaron unos ruidos provenientes de la cocina. Al ir a comprobar qué ocurría encontró a su padre, en medio de la cocina, completamente borracho, a cuatro patas imitando los suspiros basenji. Sohei reía mientras me contaba todo esto. A carcajadas. Y yo también.

Sohei iba para bailarín profesional de breakdance pero ahora se dedica exclusivamente a su familia. Vive con su mujer koreana que no habla francés y tiene un hijo de un año epiléptico al que han operado tres veces el corazón. Antes de confiarme todo esto, me contó que su padre tiene un perro mudo.

Por ese basenji, Sohei ha pasado mi exclusivo filtro y es mi amigo.

Me pregunto cómo he podido pasar yo el suyo. 

sábado, 21 de octubre de 2017

14:38

Son las 14:38 y estoy tumbado en el sofá de mi casa. Y por esos designios inexplicables del destino, en vez de estar durmiendo la siesta estoy resucitando este blog.

Antes de comenzar esta entrada he reído y he llorado (sobre todo he llorado) leyendo todo lo que escribí hace 6 años. Y he reído y he llorado (sobre todo he llorado) recordando todo lo que no he escrito en estos 6 años. Creo que es un acto de justicia que me disculpe con todos esos temas que merecieron ser escritos y que morirán conmigo. Lo siento por ellos, lo digo de corazón. En ocasiones me senté delante de la página en blanco, pero nunca encontré la serenidad o la valentía para rellenarla. Y que conste que llegué a hacer una lista con palabras clave (recuerdos, emociones, lugares) que rondaban por mi mente sobre las que quería elaborar, al menos, un par de líneas, con su sujeto y su predicado. Y tuve muchas personas que me quieren que me animaban a hacerlo. Pero no era el momento adecuado. Simple y llanamente. Porque aunque lo intenté, no salió. A todos los que me animasteis, si seguís ahí, yo sigo aquí. Gracias por esperar.

Ahora, por lo que parece, porque las palabras van fluyendo y no me ataca la melancolía, ni la pereza, ni el vértigo, ahora parece un buen momento para escribir. 

Y sí, las 14:38 (que son ya las 14:53) son más adecuadas para dormir una siesta como Dios manda, estoy de acuerdo. Pero éste es de los pocos momentos en que en mi casa se escuchan las agujas del reloj. Además, las 14:38 da la impresión de hora solemne para volver a sentir esto que siento tecleando. 

Supongo que lo primero que debo hacer es resumir sin apabullar qué pasó en mi vida tras mi escapada transoceánica. Resumiendo del modo más simple que se puede resumir: volví al redil. Lo que supone que un día lo dejé, lo cual es discutible. En fin, rapidito: encontré un puesto de científico en Dublín, donde fui evolucionando hasta obtener una plaza como profesor de universidad. Me casé con la mujer de mi vida con la que estaba absolutamente de acuerdo en no casarnos jamás. Y en Irlanda llegó Santiago, al que decidimos ofrecerle el sol que Dublín no puede dar y las posibilidades que una isla nunca tendrá. Para ello agarramos nuestros bártulos y tres vidas resueltas y nos vinimos a Montpellier donde dirijo el departamento de investigación de una empresa farmacéutica chiquitita. Y en Montpellier se nos ha unido Almudena. Y Paula aún camina conmigo, como siempre hizo. A veces un poco detrás, a veces animándome a seguir, a veces distante, a veces callada, a veces cantando, a veces riendo (llorando) sin razón, a veces de mi mano (casi nunca). Y sigue caminando conmigo. Y yo no sé cómo agradecérselo a ella, y a la vida, por este orden.

En estos 6 años se fueron personas personas a las que quise y a las que sigo queriendo mucho. Se fueron para quedarse, como es obvio. Y su lugar lo ocuparon Adrián y Eduardo y Rocío y Alberto y Ana y Hugo. Y Vera y Elsa. En este tiempo de mucha distancia la amistad me unió a las personas que están en mi corazón. En estos 6 años se crearon, se iniciaron y se apagaron relaciones. 

En estos 6 años, viajé, disfruté, reí, vine, volví, sufrí, viajé de nuevo, tuve mucho miedo, tuve mucho valor, me fui, tuve dolor, tuve alegría, tuve mucha ilusión. En estos 6 años viví. En estos 6 años monté al menos 25 muebles de Ikea. En estos 6 años mi pelo se volvió mucho más blanco. Así que sí, creo que volví al redil. Casi nada.

En fin, que cualquiera que haya pasado un día en una casa con dos niños debe saber, ahora que he presentado oficialmente a Santiago y a Almudena, que la paz no dura mucho. Así se explica que cuando se escucha el ruido de la nevera y uno siente la ineludible necesidad de escribir, lo tiene que hacer. Y eso puede ocurrir a las 14:38, por ejemplo (que son ya las 15:17). 

Paula viene con Almudena en brazos, que le sonríe cuando al fin encuentra sus ojos, como siempre. Ella le corresponde con una sonrisa, como siempre. Santiago ronca de fondo. Esta paz idílica no durará mucho más.

Lo dicho. He vuelto. Si es para quedarme o no, lo dirá el tiempo y mi capacidad para encontrar lo que quiero contaros. Y la energía que tenga para no dormir la siesta a las 14:38.

Hasta pronto.

martes, 3 de mayo de 2011

De cañas

Hemos vivido 29 años juntos, y pese a ello no tengo la menor idea de cómo funciona mi mente. Sí, obviamente, he conseguido cierto grado de poder sobre ella, soy capaz de apartar ciertos temas a rincones oscuros, puedo centrar toda mi atención en la resolución de un Sudoku Samurai, incluso mis esfuerzos como domador me han llevado a hitos como sonreír cuando quiero llorar. Casi nada. Sin embargo, hay unos cuantos procesos incontrolables que se activan sin que yo pueda ejercer control sobre ellos. A veces son recuerdos que vienen de no sé dónde sin saber por qué, en ocasiones son intuiciones que se vuelven certidumbres sin necesidad del menor indicio… Supongo que a todo el mundo le pasan cosas parecidas, al fin y al cabo mi cerebro no es tan distinto al tuyo, por ejemplo.

Uno de estos mecanismos cerebrales me fascina cuando lo observo. Creo que es mi rareza mental favorita, aunque debo admitir que también me genera cierta inquietud. Tengo por ahí dentro un resorte, o algo por el estilo, que en el momento menos esperado, salta. (Nada raro hasta aquí). Este resorte, que es como un interruptor, genera conclusiones claras, cristalinas, casi tocables de razonamientos que ni siquiera existen. Las suelta así, como si nada, en el centro de mis pensamientos. Como suena. Después mi cerebro y yo, no sin esfuerzo, tenemos que trabajarnos un camino inverso, desde esta conclusión vamos generando el razonamiento que le dé lógica. Todo en unos momentitos. Ja. Voy a ilustrarlo con un ejemplo real, que sucedió hace unos días y que es el que me ha llevado a escribir esto que así, de primeras, está sonando raro.

Situémonos en la Calle Mayor de Madrid, en el Bar Postas, un domingo por la mañana, mañana gris y lluviosa por cierto. Cualquiera que conozca mínimamente Madrid sabe que una persona en sus casillas no se mete así como así en un bar del centro un domingo por la mañana, y menos si la mañana es gris y lluviosa. Sólo hay dos excepciones plausibles para este peligroso comportamiento: o le estás enseñando la ciudad a un conocido, amigo, amante o has sufrido un ataque psicótico que te empuja al asesinato de manera irrefrenable. Yo me encontraba, afortunadamente, dentro del primero de los grupos enseñándoles la cara vieja de Madrid a mis sobrinos, de 2 y 3 años, en compañía de mis padres.

Bien. Estamos entonces en un muy madrileño bar delante de unas cañas bien tiradas y bien frías. Somos mi padre y yo proclives a trascender conversaciones tópicas, así que comenzamos a charlar sobre la influencia del continente en el sabor de la cerveza. En un giro inesperado, mi padre comenta que Lufthansa, fiel a sus costumbres germanas, sirve la cerveza de sus vuelos en botellas de cristal (“ajena a esa leyenda del ahorro por la aceituna en la ensalada”, trasciende él). Y justo en ese instante, pim. Mi mente genera la siguiente conclusión, ante la sorpresa del resto de mi masa pensante: has tenido una fortuna increíble disfrutando de cuatro meses de viaje sin dinero por el Sudeste Asiático. Inquieto, trato de mantener el nivel durante el resto de la conversación mientras mi cerebro empieza a trabajar buscando una explicación a esta afirmación en un complejo y rápido proceso en el que se van afirmando y descartando opciones, algo así más o menos...

Al que le gusta viajar, le gusta viajar. Y viajar, todos sabemos, y bien lo explica la frase manida (no hay frase manida que no sea tristemente cierta) no es ir del punto A al B. Eso es trasladarse, moverse o como quiera llamarse. Viajar es sumergirse y respirar. Viajar es descubrir cómo se vive e intentar comprender cómo se siente la persona del lugar en el que estás. Y que un alto ejecutivo de denso y rubio bigote, pese a la aceituna de la ensalada, haya luchado por el vidrio frente al ligero aluminio es un fantástico detalle para el viajero. Porque que un alemán te sirva una cerveza en cristal (que no es cristal, es vidrio), te habla de su gente, de sus costumbres, de lo que saben y de lo que les gusta, de su manera de ser y de que sí, son alemanes y mantienen el vidrio pese a la aceituna. Porque este hecho va en contra de la tendencia universal que tiende a convertir el viaje en algo totalmente insustancial, aséptico e indoloro… en un mero traslado.

No ocurre así si uno viaja con los dólares contados por el sudeste asiático. En ese caso, el mensaje cultural no viene de manera elegante, miniaturizado y envasado en botella de vidrio, como hacen los alemanes. Viajar con 25 personas en una furgoneta a 130 km/h, entre viejos y enfermos, entre mercancías ilegales, paquetes de tabaco escondidos debajo de la ropa, suciedad, miradas amenazadoras… todo ello te da una clara idea de la falta de respeto por todo que reina en Vietnam. Bajarte y sentarte, en ritual silencio, por tercer día consecutivo, al lado de un autobús averiado, vehículo que sería ya viejo cuando se compró, bajo un sol dañino, a 40ºC, te revela la resignación que genera la total pobreza que reina en Laos. Soportar durante 4, 5 horas, una eternidad, un karaoke de música tradicional a todo volumen emitido en una televisión de ultimísima generación en un bus que difícilmente se mueve te afirma en la continua contrariedad que es Camboya. Observar desde tu moderno tren, en un microclima generado por un desaforado aire acondicionado cómo entras en la moderna ciudad de Bangkok con personas tumbadas en cualquier lugar, de cualquier modo, muertas de calor, te obliga a darte cuenta de la cara desagradable de los nuevos ricos.

Y entonces caigo en que yo, que me gusta viajar, o al menos así afirmo orgulloso en las reuniones sociales, he tenido una inmensa fortuna por poder vivir todo esto. Porque si lo hubiese hecho con unos dólares más, nada habría existido, ni furgonetas ni averías ni karaokes, ni gente.

Por nuestra Europa, sin embargo, el que viaja económicamente se asegura un traslado impersonal, borreguil, maleducado y ciego. Quiero no pensar que, al igual que en el otro extremo del mundo, ello es fiel reflejo nuestro modo de ser y de pensar. Prefiero pensar que desgraciadamente en esta parte del mundo en la que todo ya se compró, nada es gratis. Al fin y al cabo, de manera inversa a lo que ocurre allí, por un poco de dinero más tienes cultura embotellada.

Llegados a este punto, mi cerebro se ha calmado, satisfecho de nuevo por haber encontrado una vez más una explicación al inexplicable comportamiento de mi mente, por haber puesto principio y fin al razonamiento que generó la conclusión. A todo esto, la caña se ha acabado y Andrea, que a ese nombre responde mi sobrina, me devuelve a la realidad, lejos de tanta conclusión y tanto razonamiento que, en realidad, no sirven para gran cosa, como casi todo lo que hace mi mente. Andrea, que no sabe qué hace, o sí, me pide una aceituna.

Recuerdos II

Respuestas a una pregunta.

¿Cuándo piensas escribir sobre tus viajes, sobre tus recuerdos?

Todo recuerdo es una mentira. No hay recuerdo objetivo, no hay recuerdo que refleje una realidad aséptica. Desde el momento en que un hecho pasa a formar parte de tu bagaje mental, estás vistiendo tu recuerdo con sensaciones, intereses y fantasía. Mucha fantasía.

No comparto la idea general que afirma que el tiempo tiende a dulcificar los recuerdos, a quitarle a la realidad la capa desagradable que la envuelve. Las peores etapas de mi corta vida las sigo recordando como amargas. Poniéndome en un extremo irracional, (ya sé), nunca escuché la muerte de un ser querido entre carcajadas, o una enfermedad, un accidente de coche, ni siquiera una visita al dentista como si fueran un chiste.

De modo contrario, los recuerdos que vienen a mi presente con una sonrisa fueron, en realidad, buenos. Creo que el ser humano tiene una molesta tendencia a despreciar el momento, a dramatizar y desaprovechar su tiempo. Y por ello, hechos que en realidad son gratos se viven como fatales para después, recordarlos alegre con la tradicional coletilla de “entonces no nos reíamos, pero recuerdas cuando…”. Son las anécdotas que uno escucha sobre depósitos de gasolina vacíos, personajes que pasaron por tu vida o comidas exóticas.

El recuerdo es siempre exagerado, minimizado o corregido por el que lo vivió contigo. Error. El recuerdo es tuyo, sólo tuyo. Además, probablemente, ese recuerdo no será el mismo unos días después. Porque el recuerdo evoluciona respecto a la realidad y respecto a sí mismo. El recuerdo cambia dependiendo del ambiente y la compañía en el que se le haga retornar, de la necesidad de tenerlo presente. Es el recuerdo, así pues, una mentira al cuadrado, una mentira evolucionada, una historia irreal sobre un fondo vivido.

El recuerdo, por lo tanto, cuanto más lejano, más fantástico se va volviendo. Y sin embargo, más real.

Precaución con los recuerdos que vienen sin ser llamados, y más todavía a los que no se dejan salir nunca… Los recuerdos hay que airearlos de vez en cuando para que no se vuelvan oscuros y dañinos.

Ojo a los recuerdos que comienzan por un “me acuerdo perfectamente de…”. Ese momento, sin duda, supuso algo especial sentimentalmente para el narrador, por lo que esa anécdota debe ser tomada con la veracidad que en realidad tiene. O no. Porque qué es en realidad un recuerdo si no lo que significa para el que lo posee. Qué es un recuerdo si no las sensaciones que te transmite.

En fin, recuerdos.

Se me pregunta cómo lo pasé. En mi boca aparecen un bien y una sonrisa. Se me pregunta si lo recomiendo, si lo volvería a hacer. A mi boca vienen un no y una sonrisa.

Escribiré, y que cada uno lea lo que quiera. Porque todo es mentira, mi mentira.

Recuerdos I

Tengo sus cartas guardadas en un cajón. Él me dio las que yo le envié. Creo que ésas ya las quemé. Y yo digo, ¿eso a quién le puede importar? El día que yo me muera, quién va a leer todo eso… Qué vergüenza. Y tengo fotos de todos los veranos que pasaba con mis amigas. Fotos mías en bikini… (silencio orgulloso). Dime tú qué puede importar a nadie ya eso –susurro-. (Café) (Silencio).

Ya sabían. Todas escuchaban y asentían. En un rito de leyes por todas conocidas. Hacía tiempo que habían olvidado porqué eran amigas. Hacía años que venían haciendo esto. Y cada semana, cafés, té y manzanilla, por la tensión, se reunían y hablaban. Sabían a qué iban y qué podían esperar. Les gustaba. Lo necesitaban.

A los 17 años falleció mi madre. Como hermana mayor que era, tuve que vaciar su casa de todos sus recuerdos. Como no puedo permitir que nadie que me quiera pase ese trago, hace años que vengo destruyendo mi rastro.

Era recurrente. Sus vidas caían inevitablemente en un vacío monótono. En cada reunión, el proceso siempre era el mismo. Los nietos cada vez mayores. Sus vidas camino de la felicidad. Los hijos, bien gracias. Él siempre fue así, ya sabes. De vez en cuando había alguna noticia nueva (una muerte, una operación, un divorcio tardío) que animaba el café, o el té, o la manzanilla por la tensión. Según avanzaba la tarde en un proceso inevitable, su conversación marchaba hacia sus recuerdos.

Lo guarda todo. Todo. Y de verdad que no sé porqué lo hace. Dice que cuando tenga tiempo lo va a ordenar. Tiene cajones llenos en el trastero… (sonrisas). Y ya me dirás. Va a acabar en la basura. Pero claro, a ver quién tira eso. Hay una vida guardada ahí. Son muchas cosas… No va a tener tiempo… (Silencio) (Ventana)

Llegadas a este punto, todas sabían que los turnos pasaban. Las piernas empezaban a cruzarse y descruzarse. Sabían que la reunión se acababa. Se iban vaciando las tazas. Cada semana, desde hacía mucho más tiempo que el que podían recordar, el proceso se repetía. Parecían incómodas con esta parte, pero había que pasarlo. Rito sagrado, provocaba que se separaran con una extraña y reconfortante sensación de alivio. Una más y comenzarán a mirar sus relojes, a hablar de cenas por preparar y ropas por tender. Los nietos, ya sabes. No pueden esperar, ya sabes. Hasta la semana que viene. Cuídate.

(Silencio)

Mi madre está extraña…

(Miradas confusas, -guión roto-, piernas descruzadas, sorpresa).

Se va recuperando, y no es ella ya. No pregunta, no se inquieta… No me ha pedido el reloj. No recuerda nada. Está tranquila… Tiene paz. (Lágrima).

(Toses, sillas que crujen. Miradas al techo.)

Yo me tengo que ir, los nietos, ya sabes.

Para mi abuela. 25-4-2011

lunes, 27 de diciembre de 2010

Bangkok

No me lo explico. De verdad que no me lo explico. Puedo comprender que haya gente resignada por la falta de recursos, por las inclemencias del universo en el que se mueve (sentimentales, climatológicas o las que sean) o por un destino inmerecido. Pero no puedo explicarme que se tenga tanto, tan hermoso, que se puedan hacer las cosas bien y aún así se haga todo tan mal. Porque Bangkok está simple y llanamente mal hecha. Bangkok es el caos. No va Tailandia por el camino de dejarme un buen recuerdo. Salí espantado del gran prostíbulo que es Phuket y me marcho indignado del agujero caótico que es Bangkok.

Lo primero que uno ve cuando entra en esta ciudad por tren son kilómetros y kilómetros de chabolas. A centímetros de las vías. El tren, que va inexplicablemente despacio, se va parando en estaciones en las que nadie que quiera conservar su epidermis intacta se bajaría jamás. Después de unos 40 minutos de miseria, por la ventana se empieza a distinguir una ciudad, con sus rascacielos al fondo, sus barrios residenciales… y uno piensa que ya va llegando a algo soportable. Pero no lo es.

Moverse por Bangkok es desagradable. Primero y principal, porque es una ciudad descomunal, y esas dos pagodas que parecen tan cercanas en el mapa están en realidad separadas por 5 kilómetros. Si lo quieres hacer caminando, tienes que ir dentro de una nube de contaminación que se puede tocar, en compañía de timadores de todo tipo, puestos de venta ambulantes (de comida, flores, libros,relojes, todo, absolutamente todo) que emanan olores nauseabundos… y suciedad, suciedad por todas partes que transmiten la misma sensación de dejadez exasperante que tuve en Patong. Si no quieres andar, la alternativa supone a)coger un tuk-tuk -una especie de triciclo-taxi-, que invariablemente no te va a llevar donde tú le ordenes, sino a las tiendas que le pagan una comisión para que lleve turistas; b)coger un taxi cuyo chofer te va a jurar y perjurar que el templo que quieres visitar ha sido destruido por un ataque alienígena y que te va a llevar a un lugar mucho mejor… que es una tienda donde le dan comisión por llevar turistas; o c)coger un autobús público con suelos de madera que tardará una hora de reloj en hacer esos 5 kilómetros. Si caminas, te enfrentas a un pasotismo intolerable, si te llevan, te enfrentas a la miseria humana. Porque en este lugar a uno intentan estafarle de manera continua. Parece ser que el hecho de que tengas piel blanca conlleva que tu billetera rebosa dólares… Así, en la cuenta de los restaurantes, en tiendas, en ventas de billetes, en todos sitios, hay misteriosos, ligeros e inexplicables errores que favorecen siempre al sonriente tailandés. A mí, sinceramente, el hecho de tener que estar continuamente defendiéndome me quita las ganas de conocer nada.

Lo más fascinante es que hay gente que se siente atraída por esto. Hay miles y miles de occidentales paseando por las peores calles de Bangkok, las más abarrotadas, con sonrisas en la cara, sentados en terrazas de bares, disfrutando del espectáculo. Hay quien vuelve a esta ciudad año tras año, verano tras verano… a moverse entre inmundicia, estafa y dejadez. Para mí, un misterio aún mayor que la inexplicable resignación del pueblo tailandés.

Tailandia es un país rico, además de ser el más importante e influyente de esta parte del mundo. Tienen un legado histórico impresionante. Estos días en Bangkok he visto algunos de las creaciones humanas más hermosas de mi vida. Informándome últimamente sé que no tienen precisamente la clase política más honrada del planeta, ni la más estable. Estoy convencido de que aquí están robando todo lo que pueden. Pero aún así me es inexplicable que nadie, ni gobernante ni ciudadano, tenga el mínimo interés en cumplir las mínimas normas higiénicas y de respeto. Aunque sea por el turismo del que viven. Tienen unos jardines fantásticamente cuidados, en los que pasean las ratas esperando que tires la comida que te sobra. Parques espectaculares a la orilla del río, donde no se puede respirar por el olor fatal que desprende algo/alguien que se pudre. Y todos, locales y visitantes, lo aceptan e incluso lo celebran…

Creo firmemente que Bangkok es un ejemplo de fracaso de la “civilización”. Miles de calles desordenadas, sucias y bloqueadas, un transporte público caótico e inútil, inmundicia allí por donde andas , una falta total de educación y respeto… y mucha, demasiada gente en todos sitios. Y a nadie, absolutamente a nadie, le importa nada un bledo. Tengo que volver allí en marzo para volver a Europa. Ojalá no tuviese que hacerlo.