Tengo sus cartas guardadas en un cajón. Él me dio las que yo le envié. Creo que ésas ya las quemé. Y yo digo, ¿eso a quién le puede importar? El día que yo me muera, quién va a leer todo eso… Qué vergüenza. Y tengo fotos de todos los veranos que pasaba con mis amigas. Fotos mías en bikini… (silencio orgulloso). Dime tú qué puede importar a nadie ya eso –susurro-. (Café) (Silencio).
Ya sabían. Todas escuchaban y asentían. En un rito de leyes por todas conocidas. Hacía tiempo que habían olvidado porqué eran amigas. Hacía años que venían haciendo esto. Y cada semana, cafés, té y manzanilla, por la tensión, se reunían y hablaban. Sabían a qué iban y qué podían esperar. Les gustaba. Lo necesitaban.
A los 17 años falleció mi madre. Como hermana mayor que era, tuve que vaciar su casa de todos sus recuerdos. Como no puedo permitir que nadie que me quiera pase ese trago, hace años que vengo destruyendo mi rastro.
Era recurrente. Sus vidas caían inevitablemente en un vacío monótono. En cada reunión, el proceso siempre era el mismo. Los nietos cada vez mayores. Sus vidas camino de la felicidad. Los hijos, bien gracias. Él siempre fue así, ya sabes. De vez en cuando había alguna noticia nueva (una muerte, una operación, un divorcio tardío) que animaba el café, o el té, o la manzanilla por la tensión. Según avanzaba la tarde en un proceso inevitable, su conversación marchaba hacia sus recuerdos.
Lo guarda todo. Todo. Y de verdad que no sé porqué lo hace. Dice que cuando tenga tiempo lo va a ordenar. Tiene cajones llenos en el trastero… (sonrisas). Y ya me dirás. Va a acabar en la basura. Pero claro, a ver quién tira eso. Hay una vida guardada ahí. Son muchas cosas… No va a tener tiempo… (Silencio) (Ventana)
Llegadas a este punto, todas sabían que los turnos pasaban. Las piernas empezaban a cruzarse y descruzarse. Sabían que la reunión se acababa. Se iban vaciando las tazas. Cada semana, desde hacía mucho más tiempo que el que podían recordar, el proceso se repetía. Parecían incómodas con esta parte, pero había que pasarlo. Rito sagrado, provocaba que se separaran con una extraña y reconfortante sensación de alivio. Una más y comenzarán a mirar sus relojes, a hablar de cenas por preparar y ropas por tender. Los nietos, ya sabes. No pueden esperar, ya sabes. Hasta la semana que viene. Cuídate.
(Silencio)
Mi madre está extraña…
(Miradas confusas, -guión roto-, piernas descruzadas, sorpresa).
Se va recuperando, y no es ella ya. No pregunta, no se inquieta… No me ha pedido el reloj. No recuerda nada. Está tranquila… Tiene paz. (Lágrima).
(Toses, sillas que crujen. Miradas al techo.)
Yo me tengo que ir, los nietos, ya sabes.
Para mi abuela. 25-4-2011
Esto es tuyo???
ResponderEliminarPues deja de buscar trabajo y ponte a escribir!!!
Titi