lunes, 27 de diciembre de 2010

Malasia

Para ser sincero, nunca en mi vida me había interesado lo más mínimo por Malasia. Las Petronas y una carrera de fórmula 1 de las que no se ve porque siempre cae de madrugada es todo lo que sabía de este país. Honestamente, ni siquiera era capaz de situarlo en un mapa… Tenía la peregrina idea de que Malasia era una isla (!). Era uno de esos países que están porque tienen que estar. Ésos a los que uno jamás piensa que pueda llegar a ir… en la lista con Ecuador, Benín, Bielorrusia, Tajikistán u otros muchos más. Seguro que son lugares fascinantes, pero jamás llamaron mi atención.

A Malasia vinimos “obligados”. Cuando planificamos este viaje descubrimos que teníamos un problema para cuadrar todos los visados que sólo se podía solucionar saliendo de Tailandia en avión a un país que no solicitase visado para entrar. Y el vuelo más económico que cumpliese las condiciones iba de Phuket a Kuala Lumpur. De nuevo, pensando en aquello de “ya que andamos por aquí…”, decidimos quedarnos un tiempito por Malasia. Visitamos (obviamente) Kuala Lumpur, Melaca, al sur, y Georgetown, en la isla de Penang, al norte del país.

¿Cómo es Malasia? La verdad es que no es fácil responder a esta pregunta. Malasia tiene influencias de todos lados. Por aquí estuvieron los chinos, los indonesios, los tailandeses, los portugueses, los holandeses y los ingleses. Para completar el cóctel, la religión “oficial” del país es la musulmana. Cada uno ha dejado lo suyo, dando lugar a una hermosa y fascinante mezcla que se puede observar en todos los niveles. Se puede estar visitando una pagoda mientras se escuchan los cantos del minarete de la mezquita que está 20 metros más abajo en la calle. Hay lugares en los que a uno le parece estar paseando por una calle de Almendralejo con altares budistas en la puerta de cada casa… Puedes estar cenando un plato indio rodeado de chinos y un plato chino rodeado de musulmanes. Y, desde luego, no es posible describir al “malayo tipo”… hay indios, chinos y moros y todas las combinaciones posibles entre ellos.

Kuala Lumpur es una ciudad espectacular. No esperaba encontrarme un lugar tan avanzado, dada su situación geográfica. Para mi grata sorpresa, tiene una fantástica red de transportes, tanto urbanos como entre las ciudades. No demasiado sucia (que no es poco para el Sudeste Asiático), dinámica, con mucha mucha vida. Uno siente un poco de orden dentro del caos que parece reinar sobre todo en esta parte del planeta, así que al visitante le es todo más fácil. Esta ciudad parece haber encontrado la manera de integrar no sólo a razas muy distintas (que tomen nota muchos países de qué es integración real) sino un pasado muy rico con un futuro que parece engullirlo todo. En cierto modo, por su capacidad de hacerle a uno sentir bien en medio del desconcierto, Kuala Lumpur podría pasar por una ciudad latina… y creo que eso hay que agradecérselo a los moros.

Melaca y Georgetown son otro tema. Ciudades históricas,mucho más pequeñas, muy distintas entre sí. Melaca ha quedado como una ciudad museo, repleta de casas coloniales europeas y un estupendo mejunje de religiones, olores y sabores. No pudimos disfrutarla como nos hubiese gustado, ya que es la ciudad predilecta de las gentes de Singapur (¿cómo es el gentilicio de Singapur?) para pasar el fin de semana y nosotros llegamos allí un viernes. Y moverse entre una masa de asiáticos no es, digámoslo así, llevadero… En Georgetown se empieza a notar más la influencia tailandesa y todo empieza a ser menos agradable, menos cuidado y menos limpio.

Lo poquito que he conocido de este país me ha dejado con ganas de más. Aseguran que tiene un patrimonio natural espectacular y unas playas fantásticas. Por desgracia, no nos podemos quedar. Hay mucho todavía por recorrer, nos espera Bangkok y después Camboya, Vietnam, Laos... En cualquier caso, este poquito que he conocido me ha servido para romper una listita que tenía y pensar que, por qué no, quizá pase las Navidades que viene en Quito.

Nan Pa Tong, Tailandia

La ciudad de Pa Tong, en la isla de Phuket, al sur de Tailandia, ha sido nuestro primer contacto con el Sudeste Asiático. Para ser sinceros y directos, tengo que decir que la experiencia ha sido terrible. Hemos pasado seis días en esta ciudad, y en los tres últimos sólo teníamos ganas de estar en la habitación del hotel, que en mi opinión es lo peor que le puede pasar a uno cuando está al otro lado del planeta, y más siendo como era nuestro económico hotel...

Tiene Pa Tong fama por su playa. Dicha playa tiene aguas transparentes y templadas, arena blanca y vegetación exuberante… además de unos dos millones de tumbonas que llegan prácticamente hasta la misma orilla. Puede uno probar a darse un garbeo por el paseo marítimo, si está dispuesto a soportar que de manera continua le anden asaltando para ofrecerle taxi, tuk-tuk (especie de furgoneta abierta con sofás), comida, flautas de pan, y todo, TODO, lo que se puede falsificar, desde DVDs a cinturones.

La ciudad de Pa Tong huele mal, está sucia, es ruidosa, es caótica… En este lugar parece que los edificios, las calles, los postes eléctricos, los semáforos, todo, se ha dejado a medio hacer. Esto podría llegar a resultar atractivo, por aquello de la diferencia. En este caso, no. En este caso da una sensación de dejadez, de resignación, terribles.

Pero esto no es lo peor. Pa Tong es un macroprostíbulo. No da uno dos pasos sin que una tropa de señoritas sobremaquilladas le griten al oído “MASSAAAAAAAAAAAAAAGE” (a pronunciar con voz gangosa y la segunda a sí, así de larga). Son cientos, miles, a cualquier hora del día. Lo que quiere decir que hay cientos, miles de occidentales (ni por asomo un tailandés medio puede pagar por una hora de massaaaaaaaaaaaaage) que hacen uso de sus servicios. Y los hay. Se ven y son fáciles de detectar. La mayoría pasados los 50, también los hay jovencitos, el 95% gordos. Andan muy gallardos, con mirada satisfecha, los reyes del mambo. Resulta ridículo presenciar la ceremonia de cortejo entre uno de estos personajes y una prostituta, consistente en intercambio de miradas y sonrisas, un sí pero no… valiente cobarde. Los más osados van por la calle cogiditos de la mano con su pareja de cópula. Un viejo baboso con una señorita de compañía tailandesa veinteañera… Y entonces van más gallardos, y su mirada es más satisfecha todavía. Pero por favor… ¿alguien ha visto a un anciano orgulloso de la mano de una meretriz por el centro de Madrid, de París o de Mejorada del Campo? Hay algo tan perverso, tan ridículo detrás de todo ello que uno no llega a explicarse qué es lo que anda buscando esta gente (sí, aparte de eso). Y a nadie, nadie, ni local ni extranjero, parece alterarle lo más mínimo. Lo dicho, dejadez, resignación, degradación…

Huyendo de este espectáculo denigrante pasamos un día en Phuket Town, capital de la isla y ciudad más importante de la misma. Si bien la cantidad de masajistas era mucho menor, el hedor y el caos no. Hay por lo menos en esta ciudad unos cuantos templos budistas y chinos antiguos que hacen pensar que hubo un tiempo en el que esta gente andaba pensando en algo más que masajes y Lacoste falsificados.

Pero no todo es malo en esta isla. La comida es deliciosa. Si se huye un poco del circuito occidental y uno se adentra en las costumbres locales se come muy bien y muy barato. Es verdad que hay que comer sin pensar en las condiciones higiénicas, pero compensa. En puestos callejeros, en cocinas montadas sobre sidecares, esta gente hace auténticas maravillas con fideos, tallarines, arroz o con simple pollo frito.

En fin. Este lugar me deja una sensación de lástima y miedo. Lástima por decir que lo mejor que me ha podido pasar en Pa Tong es haber cogido el avión que me sacó de allí. Lástima por esta gente, que parece resignada a aceptar como normal lo que no lo es. Lástima y asco por mis compatriotas europeos, fantástico ejemplo de la cuna de la civilización occidental… Y miedo, mucho miedo a que todo el Sudeste Asiático sea así. Si lo es, respiraré, miraré al cielo y, al menos, comeré bien.

Vanuatu, made in China

La visita al consulado de Vanuatu en Sydney ha sido una de las experiencias más surrealistas que he vivido en los últimos tiempos. Llegamos allí un sábado por la tarde para que Paula se hiciera el visado para pasar una semanita en ese paradisíaco país. Llevábamos una cajita de bombones, porque como somos gente civilizada sabemos que lo de trabajar un fin de semana no es agradable, y queríamos recompensar al cónsul por su esfuerzo extra.

El consulado se encuentra en un barrio residencial, y es un chalet de dos pisos distinguible de los demás porque en su jardín hay una bandera de Vanuatu. Antes de que pudiéramos acercarnos a llamar a la puerta vimos que salía una señora china con dos perros enanos, alteradísimos, que no paraban de ladrar con esos ladridos agudos enervantes que tienen los perros enanos alteradísimos. Debo confesar que sentí cierta satisfacción interna al comprobar que los ladridos que oía al otro lado del teléfono en su día se correspondían con el tipo de chucho que había imaginado. El caso es que, un poco extrañados por ver salir a una china del consulado de Vanuatu, nos acercamos a consultar a esta buena señora. Le dijimos que teníamos una cita con el Sr Cónsul, Mr William Longwah, para tramitar unos documentos. Su respuesta, la mar de diplomática, fue el inicio, de, como ya he dicho, una hora surrealista. “Cuando acaben de cagar los perros”, vino a decir. Afirmaciones de este tipo no dan lugar a la negociación, así que nos resignamos a esperar a que esas ratitas melenudas hicieran sus diplomáticas cacas antes de entrar en el consulado.

Una vez satisfechos los animalitos demoníacos, esta señora nos invitó a pasar a una sala enorme, con una mesa larga en medio, unos sofás pegados a las paredes, al lado de una televisión, y una gran cocina al fondo. De esta habitación salían unas escaleras hacia el piso de arriba. Al entrar, la china desapareció, dejándonos de pie ahí en medio sin saber muy bien qué hacer. En la mesa estaba sentado un hombre con aspecto aborigen dándose un festín con un pollo asado que nos dedicó la primera de las múltiples sonrisas que nos iba a regalar durante el rato que estuvimos allí. Mientras comía disfrutaba de un documental sobre hombres Cromagnon, a todo volumen, en la televisión. En uno de los sofás había otro hombre de aspecto aborigen, ahora puedo asegurar que de Vanuatu, al lado de dos maletas enormes. Éste no nos sonrió ni miraba a la tele. Estaba muy concentrado en algún punto de la pared como para hacer caso al universo circundante. Debimos pasar un par de minutos ahí de pie cuando comenzó a sonar el teléfono. Por las escaleras apareció un chino bajito, canoso y calvo, con una gran barriga y unas piernas delgaditas, vestido con un bañador/calzoncillo azul y una camisa hawaiana de manga corta. Este buen señor, que supongo era William Longwah, podía estar perfectamente asando patos en Shanghai. Tras colgar el teléfono nos invitó a sentarnos en los sofás, y tras intercambiar unas palabras en francés con el hombre que se estaba dando el homenaje, desapareció escaleras arriba. Estuvimos sentados un cuarto de hora, entre el hombre concentrado en la nada y el glotón risueño. Tuvimos tiempo de sobra para estudiar la decoración de la casa, en la que destacaban el papel pintado con flores, un barco en miniatura de tamaño descomunal en increíble equilibrio sobre la televisión, y una estantería con montones y montones de conchas marinas. Pensamos que se habían olvidado de nosotros cuando por la puerta de la calle apareció otro chino, también en bañador, jovencito éste, que se dirigió a nosotros con muy poca educación. Le explicamos que queríamos hacer un visado ya que por correo no nos lo habían podido hacer. Tras mirar el reloj, dijo: “es tarde”. Eran las tres. Inmediatamente después desapareció por la escalera con los papeles de Paula y nos dejó, de nuevo, ante las inquietantes sonrisas del amigo vanuatuense, que alternaba su atención entre el pollo, los cromagnones y nosotros.

Volvió tras unos minutos, visado en mano, como quien acaba de ponerse en paz con su colon. Durante el tiempo que estuvimos esperando, una mujer apareció de la nada y se puso a conversar con el amigo comilón en una lengua ininteligible. Tengo la seguridad de que hablaban de nosotros (todo el mundo ha pasado alguna situación similar), y debíamos resultarles realmente cómicos porque en cierto momento ambos estallaron en una sonora y larga carcajada. El chino joven, secretario, hijo o sobrino del cónsul, nos invitó con bastantes malos modos a abandonar la casa-consulado. Aún hoy recuerdo la sensación al encontrarme al otro lado de la puerta de no tener muy claro nada de lo que había sucedido. Eso sí, los bombones estaban deliciosos.

Todavía no sé si Vanuatu pertenece a los chinos o si fuimos partícipes de un elaborado y fantástico timo. Sí sé, porque también la recuerdo perfectamente, la cara del oficial vanuatuense al ver el visado que le presentamos. “¿De dónde habéis sacado esto?”, preguntó. “De un sueño”, tuve ganas de responder.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Vuelvo a casa...

Y sí... nos volvemos a Europa. Se acaba nuestro tiempo en Nueva Zelanda, país que ha respondido a todas mis expectativas de belleza y espectacularidad. Y se acaba el tiempo aquí porque el dinero empieza a acabarse también, y está feo lo de mendigar.
Como somos dados a tomárnoslo todo con calma, la vuelta nos va a llevar un tiempito. Vamos a hacer un pequeño tour por el Sudeste Asiático, unos tres meses. Porque ya que estamos aquí... ¿cómo no vamos a aprovechar? Me encanta esta filosofía. Tenemos un pseudoitinerario planificado que incluye Tailandia, Malasia, Camboya, Vietnam y Laos, pero la idea es hacer un poquito lo que nos pida el cuerpo durante este tiempo. Lo único seguro es que el día 6 de marzo estaremos montados en un avión que sale de Bangkok hacia Milán vía Abu Dhabi. Y entonces ya va a tocar empezar a vivir como las personas normales... por lo menos un tiempito.
Dejo muchas muchas cosas por contar. Se me van acumulando. Pero para ser sincero últimamente no he encontrado ni el tiempo ni la inspiración para sentarme a escribirlas. A este paso, cuando me ponga, voy a estar unos meses escribiendo. Quizá no sea mal plan para cuando terminemos la peregrinación asiática.
En fin, eso será en marzo, y, entonces, ya veremos. Espero que nos podamos leer antes de entonces.
¡Besos y abrazos para tod@s!

martes, 16 de noviembre de 2010

Aaaaaaaarg

Hola, hola.
Sé que tengo el blog un poco abandonado pero hay razones para ello.
Parece imposible conseguir un trabajo en Nueva Zelanda sin un visado para trabajar o la residencia y no se puede tener un visado para trabajar o una residencia sin un trabajo... Conclusión directa, como habrás imaginado, no tenemos trabajo. Así que hemos decidido que nos marchamos. Aunque parezca difícil de creer sale más barato darse un buen viaje por el sudeste asiático durante 4 meses que estar en Nueva Zelanda quietito en casa con las manos en los bolsillos.
Llevamos la última semana metidos entre billetes de avión, páginas de consulados, condiciones de visados y la embajada de Vietnam... ay, la embajada de Vietnam. Parece que poco a poco todo va cuadrando y que tenemos medio organizado el viaje. Si no pasa nada raro el día 6 de marzo estaremos aterrizando en Milán. Y después... después ya veremos.
Obviamente no nos vamos a marchar de Nueva Zelanda sin conocerla un poco. Pasado mañana vienen mi hermano y su señora y nos unimos a ellos para hacer una pequeña expedición por la Isla Sur.
Se me acumulan un montón de cosas que contar, pero no encuentro el momento para ponerme, estoy dedicando todos mis esfuerzos mentales a planificar esta epopeya de manera que no tengan posibilidad de deportarnos... y no es fácil. ¡Yo maldigo a los visados y sus letras pequeñas!
Espero estar por aquí prontito.
¡Nos leemos!

miércoles, 10 de noviembre de 2010

11 días, 6500 kms y un pato

Un viaje no comienza cuando uno se monta en un avión o cuando sale del garaje de su casa. Empieza cuando un buen día, secándose los pies después de ducharse, o en medio de una conversación, sin venir a cuento, o viendo el programa de Ana Rosa, uno siente un cosquilleo en la barriga ante la idea repentina de querer ir a un lugar en concreto.

Viajar no es desplazarse. Viajar no es moverse. Viajar no es sólo eso. Viajar es sentarse delante de un mapa y planear. Viajar es respirar otro aire, escuchar otro acento, otro idioma. Viajar es ver otra manera de vivir. Viajar es hacer fotos. Viajar es observar. Viajar es recordar. Viajar es saborear, estar cansado y seguir, esperar, querer más, buscar. Viajar es algo infinito. Y no conozco a nadie que haya probado el placer de viajar y no quiera repetir. A mí, personalmente, no me provoca el mínimo rubor admitir que soy un adicto a viajar. Adoro, me encanta viajar. Es un vicio del que no tengo la menor intención de desprenderme pese a que probablemente me lleve a la ruina.

Como para todo en esta vida, para viajar soy bastante ansioso. No me agrada saber que aunque tuviese tres existencias difícilmente llegaría a conocer una milésima parte de este planeta nuestro. Por ello, cuando se me presenta la posibilidad de hacer un viaje, me ansío. El viaje que planeamos Paula y yo por Australia no fue una excepción. Delante de un mapa de Australia, nuestras expectativas más salvajes eran hacer unos 4500 kilómetros en 11 días, realizando una especie de triángulo entre Melbourne, Sydney y Brisbane. Tampoco teníamos nada especialmente planeado, sólo unos cuantos puntos clave que queríamos visitar y una fecha límite para estar de vuelta en Melbourne. No tuvimos demasiados imprevistos durante el viaje, por lo que no me es fácil explicar cómo finalmente acabamos haciendo 2000 kms más de los que teníamos previstos en un principio.

La única contrariedad importante ocurrió el primer día. Teníamos previsto llegar a Sydney, unos 1000 kms, en una jornada de viaje. Salimos de Melbourne con una tormenta considerable que nos acompañó durante unas cuantas horas. Llegado un momento comenzamos a ver señales que ponían “Hume Highway closed-Floods”… mientras íbamos por la Hume Highway. Como uno piensa que eso lo ponen para que los demás se asusten, seguimos avanzando, valientes nosotros. El tráfico se paró en una ciudad llamada Holbrook, a unos 500 kms de Sydney. Ironías del destino, Holbrook, que estaba totalmente inundada, es conocida como la ciudad-submarino porque tienen allí plantado un submarino que utilizan como bar… Como somos gente positiva pensamos que tendríamos que estar un par de horitas allí, esperando a que la cosa se calmase un poco. Horas después el agua no bajaba, llovía de nuevo y nos disponíamos a pasar la que ha sido una de las noches más largas y frías de mi vida, dentro del coche. Al día siguiente pudimos coger un pequeño desvío de unos 250 kms entre pueblos devastados por el agua y llegamos a Sydney.

Supongo que todos esos kilómetros de más se debieron a nuestra ansiedad irrefrenable por conocer y conocer y conocer. Es muy peligroso lo de andar sin un itinerario definido. Y lo es más después de una semana dentro de un coche, cuando uno pierde un poco la noción de la realidad. Por ejemplo, entre el punto A y el punto B hay una distancia de unos 500 kms. A nosotros, en los últimos días de viaje, nos parecía perfectamente normal coger un desvío de 300 kms para ver un Parque Nacional, o unas cascadas, o la réplica de Stonhenge perdida en el medio de la nada en Australia. Porque, ¿cuándo vamos a estar de nuevo por aquí? Peligrosa pregunta ésa.

Y sí, excepción hecha de la inundación, la conducción fue bastante tranquila. Una vez que me acostumbré al dolor en mi codo derecho por ir a buscar la palanca de cambios y encontrarme con la puerta unas 75 veces, a entrar tranquilamente en las rotondas mirando hacia el lado equivocado y salvando la vida de milagro y a poner el limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente, no tuvimos mayor problema. Bueno, sí. Sí que tuvimos un problema. Un problema continuo. Debo advertir a quien pretenda conducir por las carreteras australianas que hay un mal generalizado que le hace estar a uno alerta de manera continua. Los animales australianos pueden ser definidos con dos palabras: estúpidos y suicidas. No es de extrañar que los arcenes de las carreteras estén plagados de animales fritos. Delante de nosotros saltaron/corrieron/se sentaron perros, conejos, erizos, ranas, tortugas y canguros. Sobre todo canguros. Por Dios qué animales más lerdos los canguros… Buen reflejo del país del que proceden. A todo animal que se puso en mi camino conseguí evitar excepto a uno. Me llevé por delante un pato. Fue demasiado rápido, estúpido y suicida para mí… No es mal balance en cualquier caso teniendo en cuenta todos los animales que pretendieron utilizar nuestro coche como medio para acabar con sus australes vidas.

Y es que 6500 kilómetros dan para mucho. Hemos conducido por asfalto, por tierra, por agua… hemos visto ciudades y campos. Carreteras de montaña, al borde del océano, autopistas, carriles impracticables... Hemos visto radiotelescopios, aviones de la segunda guerra mundial abandonados, miles de murciélagos volando al mismo tiempo, panorámicas grandiosas. Lagos, ríos, desiertos, cascadas, dunas, selvas, bosques, praderas y playas… Playas y más playas. Hemos visto playas paradisíacas desiertas y playas paradisíacas destruidas por edificios horribles. Hemos visto paisajes tan distintos y tan hermosos que no puedo describirlos. Hemos visto muchos atardeceres y amaneceres, mil luces distintas. Ciudades preciosas, ciudades horribles, pueblos en medio de la nada, lugares de nombres impronunciables. Olor a sal, olor a mar, olor a tierra mojada, olor a asfalto… Kilómetro tras kilómetro hasta los 6500.

Ha sido esta una buena experiencia para completar un poco la imagen que llevo de Australia. País de gente sencilla y vaga. Ni buenos ni malos, sencillos. Gente a la que todo le importa poco. Un poco como los canguros, un poco alelados. Me ha servido para corroborar la idea que tenía que los australianos son una raza de feos, y cuanto más australianos, cuanto más profundo, más feos. Sin duda a los que nacen guapos se los llevan a Hollywood a hacer películas… Me ha servido también para confirmar todas esas apreciaciones que me dio mi padre en su día: la inmensidad que transmite su paisaje, el extraño color de su cielo, el potencial que tiene esta tierra y sí, la limpieza de su aire. Esta gente tiene tanto y tanto de donde sacar… da la impresión de que es un país a medio hacer.

En fin, que después de llevarme por delante viajando 11 días, 6500 kilómetros y un pato tengo un montón de anécdotas, de personajes y situaciones. Recuerdos todos que me permitirán seguir viajando aún mucho tiempo. Compartiré algunos con vosotros, para que viajemos juntos.

¡Un abrazo gente, nos leemos!

sábado, 6 de noviembre de 2010

Nelson, Tasman, NZ

¡Hola gente! Aquí estamos de nuevo. Escribo desde Nelson, ciudad que, como ya adelanté, iba a ser el final (al menos temporal) de nuestro periplo por Oceanía. Aquí nos quedaremos un tiempo, que será largo si conseguimos un trabajo o de unas poquitas semanas si nadie nos quiere dar dinero.

Las primeras impresiones de Nelson son muy positivas. Es una ciudad pequeña al lado del mar y cerca de unas montañas bastante impresionantes. La gente de por aquí sonríe y te saluda por la calle (!), y en cuanto ve que estás en apuros se ofrece para ayudarte. Las casas están llenas de florecitas y todo está muy limpito, muy ordenado. A mí todo esto me resulta un poco sospechoso, me recuerda un poco a la ciudad perfecta del Show de Truman… Pero en fin, parece que el tiempo que estemos aquí no lo vamos a pasar mal.

Aquí hemos llegado después de unas tres semanas viajando. Tengo un cuaderno lleno de nombres de ciudades, de distancias y de tiempos invertidos, pero, sinceramente, eso casi ni me interesa a mí así que no creo que le puede interesar a casi nadie. He decidido que la manera más llevadera para compartir nuestra experiencia de este tiempo es escribir un poco de los recuerdos, de las situaciones, de personas y lugares que me hayan impactado estos días. Fiel a mi estilo (de vida), no se debe esperar mucho orden, voy a escribir un poco lo que me venga a la mente en ese momento, o lo que me pida el cuerpo. Procuraré, en cualquier caso, ambientar todo un poco espacio-temporalmente, por aquello de que todos nos mantengamos en unas constantes tetradimensionales. Y ya me callo que no sé ni lo que estoy escribiendo…

Muchos abrazos besos cariños y caricias.