lunes, 27 de diciembre de 2010

Nan Pa Tong, Tailandia

La ciudad de Pa Tong, en la isla de Phuket, al sur de Tailandia, ha sido nuestro primer contacto con el Sudeste Asiático. Para ser sinceros y directos, tengo que decir que la experiencia ha sido terrible. Hemos pasado seis días en esta ciudad, y en los tres últimos sólo teníamos ganas de estar en la habitación del hotel, que en mi opinión es lo peor que le puede pasar a uno cuando está al otro lado del planeta, y más siendo como era nuestro económico hotel...

Tiene Pa Tong fama por su playa. Dicha playa tiene aguas transparentes y templadas, arena blanca y vegetación exuberante… además de unos dos millones de tumbonas que llegan prácticamente hasta la misma orilla. Puede uno probar a darse un garbeo por el paseo marítimo, si está dispuesto a soportar que de manera continua le anden asaltando para ofrecerle taxi, tuk-tuk (especie de furgoneta abierta con sofás), comida, flautas de pan, y todo, TODO, lo que se puede falsificar, desde DVDs a cinturones.

La ciudad de Pa Tong huele mal, está sucia, es ruidosa, es caótica… En este lugar parece que los edificios, las calles, los postes eléctricos, los semáforos, todo, se ha dejado a medio hacer. Esto podría llegar a resultar atractivo, por aquello de la diferencia. En este caso, no. En este caso da una sensación de dejadez, de resignación, terribles.

Pero esto no es lo peor. Pa Tong es un macroprostíbulo. No da uno dos pasos sin que una tropa de señoritas sobremaquilladas le griten al oído “MASSAAAAAAAAAAAAAAGE” (a pronunciar con voz gangosa y la segunda a sí, así de larga). Son cientos, miles, a cualquier hora del día. Lo que quiere decir que hay cientos, miles de occidentales (ni por asomo un tailandés medio puede pagar por una hora de massaaaaaaaaaaaaage) que hacen uso de sus servicios. Y los hay. Se ven y son fáciles de detectar. La mayoría pasados los 50, también los hay jovencitos, el 95% gordos. Andan muy gallardos, con mirada satisfecha, los reyes del mambo. Resulta ridículo presenciar la ceremonia de cortejo entre uno de estos personajes y una prostituta, consistente en intercambio de miradas y sonrisas, un sí pero no… valiente cobarde. Los más osados van por la calle cogiditos de la mano con su pareja de cópula. Un viejo baboso con una señorita de compañía tailandesa veinteañera… Y entonces van más gallardos, y su mirada es más satisfecha todavía. Pero por favor… ¿alguien ha visto a un anciano orgulloso de la mano de una meretriz por el centro de Madrid, de París o de Mejorada del Campo? Hay algo tan perverso, tan ridículo detrás de todo ello que uno no llega a explicarse qué es lo que anda buscando esta gente (sí, aparte de eso). Y a nadie, nadie, ni local ni extranjero, parece alterarle lo más mínimo. Lo dicho, dejadez, resignación, degradación…

Huyendo de este espectáculo denigrante pasamos un día en Phuket Town, capital de la isla y ciudad más importante de la misma. Si bien la cantidad de masajistas era mucho menor, el hedor y el caos no. Hay por lo menos en esta ciudad unos cuantos templos budistas y chinos antiguos que hacen pensar que hubo un tiempo en el que esta gente andaba pensando en algo más que masajes y Lacoste falsificados.

Pero no todo es malo en esta isla. La comida es deliciosa. Si se huye un poco del circuito occidental y uno se adentra en las costumbres locales se come muy bien y muy barato. Es verdad que hay que comer sin pensar en las condiciones higiénicas, pero compensa. En puestos callejeros, en cocinas montadas sobre sidecares, esta gente hace auténticas maravillas con fideos, tallarines, arroz o con simple pollo frito.

En fin. Este lugar me deja una sensación de lástima y miedo. Lástima por decir que lo mejor que me ha podido pasar en Pa Tong es haber cogido el avión que me sacó de allí. Lástima por esta gente, que parece resignada a aceptar como normal lo que no lo es. Lástima y asco por mis compatriotas europeos, fantástico ejemplo de la cuna de la civilización occidental… Y miedo, mucho miedo a que todo el Sudeste Asiático sea así. Si lo es, respiraré, miraré al cielo y, al menos, comeré bien.

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