lunes, 27 de diciembre de 2010

Vanuatu, made in China

La visita al consulado de Vanuatu en Sydney ha sido una de las experiencias más surrealistas que he vivido en los últimos tiempos. Llegamos allí un sábado por la tarde para que Paula se hiciera el visado para pasar una semanita en ese paradisíaco país. Llevábamos una cajita de bombones, porque como somos gente civilizada sabemos que lo de trabajar un fin de semana no es agradable, y queríamos recompensar al cónsul por su esfuerzo extra.

El consulado se encuentra en un barrio residencial, y es un chalet de dos pisos distinguible de los demás porque en su jardín hay una bandera de Vanuatu. Antes de que pudiéramos acercarnos a llamar a la puerta vimos que salía una señora china con dos perros enanos, alteradísimos, que no paraban de ladrar con esos ladridos agudos enervantes que tienen los perros enanos alteradísimos. Debo confesar que sentí cierta satisfacción interna al comprobar que los ladridos que oía al otro lado del teléfono en su día se correspondían con el tipo de chucho que había imaginado. El caso es que, un poco extrañados por ver salir a una china del consulado de Vanuatu, nos acercamos a consultar a esta buena señora. Le dijimos que teníamos una cita con el Sr Cónsul, Mr William Longwah, para tramitar unos documentos. Su respuesta, la mar de diplomática, fue el inicio, de, como ya he dicho, una hora surrealista. “Cuando acaben de cagar los perros”, vino a decir. Afirmaciones de este tipo no dan lugar a la negociación, así que nos resignamos a esperar a que esas ratitas melenudas hicieran sus diplomáticas cacas antes de entrar en el consulado.

Una vez satisfechos los animalitos demoníacos, esta señora nos invitó a pasar a una sala enorme, con una mesa larga en medio, unos sofás pegados a las paredes, al lado de una televisión, y una gran cocina al fondo. De esta habitación salían unas escaleras hacia el piso de arriba. Al entrar, la china desapareció, dejándonos de pie ahí en medio sin saber muy bien qué hacer. En la mesa estaba sentado un hombre con aspecto aborigen dándose un festín con un pollo asado que nos dedicó la primera de las múltiples sonrisas que nos iba a regalar durante el rato que estuvimos allí. Mientras comía disfrutaba de un documental sobre hombres Cromagnon, a todo volumen, en la televisión. En uno de los sofás había otro hombre de aspecto aborigen, ahora puedo asegurar que de Vanuatu, al lado de dos maletas enormes. Éste no nos sonrió ni miraba a la tele. Estaba muy concentrado en algún punto de la pared como para hacer caso al universo circundante. Debimos pasar un par de minutos ahí de pie cuando comenzó a sonar el teléfono. Por las escaleras apareció un chino bajito, canoso y calvo, con una gran barriga y unas piernas delgaditas, vestido con un bañador/calzoncillo azul y una camisa hawaiana de manga corta. Este buen señor, que supongo era William Longwah, podía estar perfectamente asando patos en Shanghai. Tras colgar el teléfono nos invitó a sentarnos en los sofás, y tras intercambiar unas palabras en francés con el hombre que se estaba dando el homenaje, desapareció escaleras arriba. Estuvimos sentados un cuarto de hora, entre el hombre concentrado en la nada y el glotón risueño. Tuvimos tiempo de sobra para estudiar la decoración de la casa, en la que destacaban el papel pintado con flores, un barco en miniatura de tamaño descomunal en increíble equilibrio sobre la televisión, y una estantería con montones y montones de conchas marinas. Pensamos que se habían olvidado de nosotros cuando por la puerta de la calle apareció otro chino, también en bañador, jovencito éste, que se dirigió a nosotros con muy poca educación. Le explicamos que queríamos hacer un visado ya que por correo no nos lo habían podido hacer. Tras mirar el reloj, dijo: “es tarde”. Eran las tres. Inmediatamente después desapareció por la escalera con los papeles de Paula y nos dejó, de nuevo, ante las inquietantes sonrisas del amigo vanuatuense, que alternaba su atención entre el pollo, los cromagnones y nosotros.

Volvió tras unos minutos, visado en mano, como quien acaba de ponerse en paz con su colon. Durante el tiempo que estuvimos esperando, una mujer apareció de la nada y se puso a conversar con el amigo comilón en una lengua ininteligible. Tengo la seguridad de que hablaban de nosotros (todo el mundo ha pasado alguna situación similar), y debíamos resultarles realmente cómicos porque en cierto momento ambos estallaron en una sonora y larga carcajada. El chino joven, secretario, hijo o sobrino del cónsul, nos invitó con bastantes malos modos a abandonar la casa-consulado. Aún hoy recuerdo la sensación al encontrarme al otro lado de la puerta de no tener muy claro nada de lo que había sucedido. Eso sí, los bombones estaban deliciosos.

Todavía no sé si Vanuatu pertenece a los chinos o si fuimos partícipes de un elaborado y fantástico timo. Sí sé, porque también la recuerdo perfectamente, la cara del oficial vanuatuense al ver el visado que le presentamos. “¿De dónde habéis sacado esto?”, preguntó. “De un sueño”, tuve ganas de responder.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Vuelvo a casa...

Y sí... nos volvemos a Europa. Se acaba nuestro tiempo en Nueva Zelanda, país que ha respondido a todas mis expectativas de belleza y espectacularidad. Y se acaba el tiempo aquí porque el dinero empieza a acabarse también, y está feo lo de mendigar.
Como somos dados a tomárnoslo todo con calma, la vuelta nos va a llevar un tiempito. Vamos a hacer un pequeño tour por el Sudeste Asiático, unos tres meses. Porque ya que estamos aquí... ¿cómo no vamos a aprovechar? Me encanta esta filosofía. Tenemos un pseudoitinerario planificado que incluye Tailandia, Malasia, Camboya, Vietnam y Laos, pero la idea es hacer un poquito lo que nos pida el cuerpo durante este tiempo. Lo único seguro es que el día 6 de marzo estaremos montados en un avión que sale de Bangkok hacia Milán vía Abu Dhabi. Y entonces ya va a tocar empezar a vivir como las personas normales... por lo menos un tiempito.
Dejo muchas muchas cosas por contar. Se me van acumulando. Pero para ser sincero últimamente no he encontrado ni el tiempo ni la inspiración para sentarme a escribirlas. A este paso, cuando me ponga, voy a estar unos meses escribiendo. Quizá no sea mal plan para cuando terminemos la peregrinación asiática.
En fin, eso será en marzo, y, entonces, ya veremos. Espero que nos podamos leer antes de entonces.
¡Besos y abrazos para tod@s!

martes, 16 de noviembre de 2010

Aaaaaaaarg

Hola, hola.
Sé que tengo el blog un poco abandonado pero hay razones para ello.
Parece imposible conseguir un trabajo en Nueva Zelanda sin un visado para trabajar o la residencia y no se puede tener un visado para trabajar o una residencia sin un trabajo... Conclusión directa, como habrás imaginado, no tenemos trabajo. Así que hemos decidido que nos marchamos. Aunque parezca difícil de creer sale más barato darse un buen viaje por el sudeste asiático durante 4 meses que estar en Nueva Zelanda quietito en casa con las manos en los bolsillos.
Llevamos la última semana metidos entre billetes de avión, páginas de consulados, condiciones de visados y la embajada de Vietnam... ay, la embajada de Vietnam. Parece que poco a poco todo va cuadrando y que tenemos medio organizado el viaje. Si no pasa nada raro el día 6 de marzo estaremos aterrizando en Milán. Y después... después ya veremos.
Obviamente no nos vamos a marchar de Nueva Zelanda sin conocerla un poco. Pasado mañana vienen mi hermano y su señora y nos unimos a ellos para hacer una pequeña expedición por la Isla Sur.
Se me acumulan un montón de cosas que contar, pero no encuentro el momento para ponerme, estoy dedicando todos mis esfuerzos mentales a planificar esta epopeya de manera que no tengan posibilidad de deportarnos... y no es fácil. ¡Yo maldigo a los visados y sus letras pequeñas!
Espero estar por aquí prontito.
¡Nos leemos!

miércoles, 10 de noviembre de 2010

11 días, 6500 kms y un pato

Un viaje no comienza cuando uno se monta en un avión o cuando sale del garaje de su casa. Empieza cuando un buen día, secándose los pies después de ducharse, o en medio de una conversación, sin venir a cuento, o viendo el programa de Ana Rosa, uno siente un cosquilleo en la barriga ante la idea repentina de querer ir a un lugar en concreto.

Viajar no es desplazarse. Viajar no es moverse. Viajar no es sólo eso. Viajar es sentarse delante de un mapa y planear. Viajar es respirar otro aire, escuchar otro acento, otro idioma. Viajar es ver otra manera de vivir. Viajar es hacer fotos. Viajar es observar. Viajar es recordar. Viajar es saborear, estar cansado y seguir, esperar, querer más, buscar. Viajar es algo infinito. Y no conozco a nadie que haya probado el placer de viajar y no quiera repetir. A mí, personalmente, no me provoca el mínimo rubor admitir que soy un adicto a viajar. Adoro, me encanta viajar. Es un vicio del que no tengo la menor intención de desprenderme pese a que probablemente me lleve a la ruina.

Como para todo en esta vida, para viajar soy bastante ansioso. No me agrada saber que aunque tuviese tres existencias difícilmente llegaría a conocer una milésima parte de este planeta nuestro. Por ello, cuando se me presenta la posibilidad de hacer un viaje, me ansío. El viaje que planeamos Paula y yo por Australia no fue una excepción. Delante de un mapa de Australia, nuestras expectativas más salvajes eran hacer unos 4500 kilómetros en 11 días, realizando una especie de triángulo entre Melbourne, Sydney y Brisbane. Tampoco teníamos nada especialmente planeado, sólo unos cuantos puntos clave que queríamos visitar y una fecha límite para estar de vuelta en Melbourne. No tuvimos demasiados imprevistos durante el viaje, por lo que no me es fácil explicar cómo finalmente acabamos haciendo 2000 kms más de los que teníamos previstos en un principio.

La única contrariedad importante ocurrió el primer día. Teníamos previsto llegar a Sydney, unos 1000 kms, en una jornada de viaje. Salimos de Melbourne con una tormenta considerable que nos acompañó durante unas cuantas horas. Llegado un momento comenzamos a ver señales que ponían “Hume Highway closed-Floods”… mientras íbamos por la Hume Highway. Como uno piensa que eso lo ponen para que los demás se asusten, seguimos avanzando, valientes nosotros. El tráfico se paró en una ciudad llamada Holbrook, a unos 500 kms de Sydney. Ironías del destino, Holbrook, que estaba totalmente inundada, es conocida como la ciudad-submarino porque tienen allí plantado un submarino que utilizan como bar… Como somos gente positiva pensamos que tendríamos que estar un par de horitas allí, esperando a que la cosa se calmase un poco. Horas después el agua no bajaba, llovía de nuevo y nos disponíamos a pasar la que ha sido una de las noches más largas y frías de mi vida, dentro del coche. Al día siguiente pudimos coger un pequeño desvío de unos 250 kms entre pueblos devastados por el agua y llegamos a Sydney.

Supongo que todos esos kilómetros de más se debieron a nuestra ansiedad irrefrenable por conocer y conocer y conocer. Es muy peligroso lo de andar sin un itinerario definido. Y lo es más después de una semana dentro de un coche, cuando uno pierde un poco la noción de la realidad. Por ejemplo, entre el punto A y el punto B hay una distancia de unos 500 kms. A nosotros, en los últimos días de viaje, nos parecía perfectamente normal coger un desvío de 300 kms para ver un Parque Nacional, o unas cascadas, o la réplica de Stonhenge perdida en el medio de la nada en Australia. Porque, ¿cuándo vamos a estar de nuevo por aquí? Peligrosa pregunta ésa.

Y sí, excepción hecha de la inundación, la conducción fue bastante tranquila. Una vez que me acostumbré al dolor en mi codo derecho por ir a buscar la palanca de cambios y encontrarme con la puerta unas 75 veces, a entrar tranquilamente en las rotondas mirando hacia el lado equivocado y salvando la vida de milagro y a poner el limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente, no tuvimos mayor problema. Bueno, sí. Sí que tuvimos un problema. Un problema continuo. Debo advertir a quien pretenda conducir por las carreteras australianas que hay un mal generalizado que le hace estar a uno alerta de manera continua. Los animales australianos pueden ser definidos con dos palabras: estúpidos y suicidas. No es de extrañar que los arcenes de las carreteras estén plagados de animales fritos. Delante de nosotros saltaron/corrieron/se sentaron perros, conejos, erizos, ranas, tortugas y canguros. Sobre todo canguros. Por Dios qué animales más lerdos los canguros… Buen reflejo del país del que proceden. A todo animal que se puso en mi camino conseguí evitar excepto a uno. Me llevé por delante un pato. Fue demasiado rápido, estúpido y suicida para mí… No es mal balance en cualquier caso teniendo en cuenta todos los animales que pretendieron utilizar nuestro coche como medio para acabar con sus australes vidas.

Y es que 6500 kilómetros dan para mucho. Hemos conducido por asfalto, por tierra, por agua… hemos visto ciudades y campos. Carreteras de montaña, al borde del océano, autopistas, carriles impracticables... Hemos visto radiotelescopios, aviones de la segunda guerra mundial abandonados, miles de murciélagos volando al mismo tiempo, panorámicas grandiosas. Lagos, ríos, desiertos, cascadas, dunas, selvas, bosques, praderas y playas… Playas y más playas. Hemos visto playas paradisíacas desiertas y playas paradisíacas destruidas por edificios horribles. Hemos visto paisajes tan distintos y tan hermosos que no puedo describirlos. Hemos visto muchos atardeceres y amaneceres, mil luces distintas. Ciudades preciosas, ciudades horribles, pueblos en medio de la nada, lugares de nombres impronunciables. Olor a sal, olor a mar, olor a tierra mojada, olor a asfalto… Kilómetro tras kilómetro hasta los 6500.

Ha sido esta una buena experiencia para completar un poco la imagen que llevo de Australia. País de gente sencilla y vaga. Ni buenos ni malos, sencillos. Gente a la que todo le importa poco. Un poco como los canguros, un poco alelados. Me ha servido para corroborar la idea que tenía que los australianos son una raza de feos, y cuanto más australianos, cuanto más profundo, más feos. Sin duda a los que nacen guapos se los llevan a Hollywood a hacer películas… Me ha servido también para confirmar todas esas apreciaciones que me dio mi padre en su día: la inmensidad que transmite su paisaje, el extraño color de su cielo, el potencial que tiene esta tierra y sí, la limpieza de su aire. Esta gente tiene tanto y tanto de donde sacar… da la impresión de que es un país a medio hacer.

En fin, que después de llevarme por delante viajando 11 días, 6500 kilómetros y un pato tengo un montón de anécdotas, de personajes y situaciones. Recuerdos todos que me permitirán seguir viajando aún mucho tiempo. Compartiré algunos con vosotros, para que viajemos juntos.

¡Un abrazo gente, nos leemos!

sábado, 6 de noviembre de 2010

Nelson, Tasman, NZ

¡Hola gente! Aquí estamos de nuevo. Escribo desde Nelson, ciudad que, como ya adelanté, iba a ser el final (al menos temporal) de nuestro periplo por Oceanía. Aquí nos quedaremos un tiempo, que será largo si conseguimos un trabajo o de unas poquitas semanas si nadie nos quiere dar dinero.

Las primeras impresiones de Nelson son muy positivas. Es una ciudad pequeña al lado del mar y cerca de unas montañas bastante impresionantes. La gente de por aquí sonríe y te saluda por la calle (!), y en cuanto ve que estás en apuros se ofrece para ayudarte. Las casas están llenas de florecitas y todo está muy limpito, muy ordenado. A mí todo esto me resulta un poco sospechoso, me recuerda un poco a la ciudad perfecta del Show de Truman… Pero en fin, parece que el tiempo que estemos aquí no lo vamos a pasar mal.

Aquí hemos llegado después de unas tres semanas viajando. Tengo un cuaderno lleno de nombres de ciudades, de distancias y de tiempos invertidos, pero, sinceramente, eso casi ni me interesa a mí así que no creo que le puede interesar a casi nadie. He decidido que la manera más llevadera para compartir nuestra experiencia de este tiempo es escribir un poco de los recuerdos, de las situaciones, de personas y lugares que me hayan impactado estos días. Fiel a mi estilo (de vida), no se debe esperar mucho orden, voy a escribir un poco lo que me venga a la mente en ese momento, o lo que me pida el cuerpo. Procuraré, en cualquier caso, ambientar todo un poco espacio-temporalmente, por aquello de que todos nos mantengamos en unas constantes tetradimensionales. Y ya me callo que no sé ni lo que estoy escribiendo…

Muchos abrazos besos cariños y caricias.

martes, 12 de octubre de 2010

Next stop, Nelson

Nos marchamos de Melbourne. Mañana mismo. Nos vamos a Nelson, una pequeña ciudad al norte de la Isla Sur de Nueva Zelanda, la más soleada y donde dicen están las mejores playas de ese país, a pasar el verano. Como acostumbramos a hacerlo todo un poco complicado, vamos a tardar 3 semanas en llegar. Hemos alquilado un coche (que por cosas del destino, generoso, ha resultado ser un cochazo). Pretendemos recorrer lo más posible antes de irnos de Australia. Después, una semanita en Vanuatu, que ya se sabe que viajar es muy cansado.
Voy a intentar llevar un diario de viaje que llegado el momento compartiré con todos vosotros. Siento todos los mails que me dejo por responder y las conversaciones pendientes, en cuanto tenga una conexión medio estable comenzaré a ponerme al día, prometido.
Hasta entonces, quien quiera algo de mí que le pregunte al viento. Bueno, o que me llame al móvil pero eso ya os aseguro que sale caro.
Muchos abrazos y besos, ¡que cada uno se sirva de lo que guste! ¡Os pienso mucho!
Nos leemos pronto

martes, 5 de octubre de 2010

De tiempos y distancias y otras reflexiones

No es fácil escribir lo que quiero escribir. Son muchos sentimientos que se me amontonan en el coco y pelean por salir. Son muchas ideas, que se cruzan, que vienen y van, distintas pero que significan lo mismo… Llevo días intentando encontrar la manera de darles cuerpo y no la he encontrado. Así que he decidido que esta entrada del blog va a ser la expresión escrita de estas ideas según se vayan escurriendo por mi mente. Para eso es mi blog y para eso pongo yo aquí las reglas. Aquel visitante que busque orden o lógica en lo que viene a continuación puede abstenerse de continuar leyendo. He aquí una pequeña muestra de cómo funciona mi cerebro y debo prevenir de que puede resultar dañino para la salud (me obliga mi juramento hipocrático como farmacéutico).


Estas reflexiones a las que me refiero comenzaron el pasado 1 de octubre. En esa fecha, mi sobrina Andrea cumplió 3 años. Sólo aquéllos que sean tíos y no sean padres podrán comprender el dolor que sentí por no poder estar a su lado ese día para verla feliz, con su sonrisa, medio tímida medio pícara, soplando sus velas con la ayuda de su madre. Sólo los tíos podrán comprender la aparente ilógica del infinito amor que se le tiene a un sobrino. Hace unos días mi hermana Mercedes y mis sobrinos Andrea y Diego se sentaron delante de la webcam para charlar un rato conmigo. Bueno, en realidad charlábamos mi hermana y yo. Diego estaba muy concentrado en algún punto al lado de la pantalla y Andrea me miraba, reconociéndome, sin dignarse a compartir una palabra de ese increíble lenguaje propio que ha elaborado. Igualmente, unos días antes pude ver a mi sobrina Beatriz mientras hablaba con mi hermana Isabel. Y el pasado domingo, charlando con Edu y Gracia, veía a Olivia, a la que sólo los genes impiden ser mi sobrina. Estos cuatro pequeños seres, estas pequeñas personas, me hacen darme cuenta de lo lejos que estoy realmente. De lo lejos y de todo lo que me estoy perdiendo. Cuando Gracia me enseñaba, naturalmente orgullosa, que Olivia era capaz de mantenerse de pie sola… cuando Andrea asentía con una sonrisa mientras su madre (naturalmente orgullosa también) me contaba lo bien que le va en sus primeros días de cole… cuando Beatriz sonreía pensativa… cuando Diego… bueno, Diego estaba muy concentrado en algún punto al lado de la pantalla… Cuando me doy cuenta de que esos alienígenas que se llaman bebés se están haciendo personas y yo sólo puedo disfrutarlos unos minutos por la webcam… duele. Se me escapa su tiempo por estar tan lejos.


Al recordar el nacimiento de Andrea vino a mis recuerdos, inevitablemente, el fantástico viaje a París que hice con mi padre para conocerla. Habíamos sacado mi coche del concesionario el mismo día que nació mi sobrina, así que teníamos una excusa perfecta para hacer un Madrid-París de rodaje del motor, a 90 km/h. Ese viaje está grabado en mi corazón para siempre. 15 horas en un coche, mi padre y yo. Compartiendo todas nuestras rarezas y manías respectivas, que no son pocas. Charlando de nada y de todo al mismo tiempo. Viéndole echando una cabezada, a mi lado. Los ratos que estábamos callados. Sus palmadas en el hombro, que sé que no se las da a casi nadie. Nuestras tonterías, como dice él. Tampoco es fácil explicar todo lo que amo a mi padre. Y a mi madre. A mi madre, mi infinita madre. Los ojos de mi madre, cansados y felices. Mi madre. Con ambos, personas excepcionales con un amor excepcional, hablo cada domingo, un ratito. Les veo cada semana, ahí, del otro lado de la pantalla. Ellos, al revés que mis sobrinos, me hacen darme cuenta de que en realidad nada ha cambiado. Que el tiempo, en realidad, para ellos no pasa. Ellos hacen que me sienta en casa por un ratito, me hacen sentirme cerca, y con ello, al igual que mis sobrinos, me hacen darme cuenta de lo lejos que estoy.


Cuando leo un mail de David, de Javi, de Carlos mi amigo, de Carlos mi hermano, de Edu, de Nacho, de Momo… los mensajes de Diogo o de Pablo en gmail que nunca respondo, los comentarios en mis fotos del Facebook de Tati, de Fer, de todas esas personas que se acuerdan de mí… por un rato me veo a su lado, compartiendo una cerveza, unas risas o una mesa de despacho. Y de nuevo me siento allí, de donde me fui. Y siento una inmensa felicidad de haberme cruzado con personas hermosas, fantásticas, buenas, y de poder tenerlas en mi vida, porque en realidad el tiempo no ha pasado ni pasará en estas relaciones, por mucho que estemos sin vernos, sin escucharnos o sin leernos. Y me invade una sensación inmensamente placentera. Y a la vez me provoca un pinchazo aquí dentro, porque una vez más su cercanía me revela que estoy lejos, demasiado lejos…


Lo que estoy tratando de explicar, en realidad, es que os siento muy cerca estando lejos. Pero que cuanto más cerca estoy más lejos me siento y más me duele. Lo que quiero decir, en realidad, es que estar tan lejos me hace sentiros cerca. Que me estoy dando cuenta de que todo cambia sin cambiar y que el tiempo pasa sin pasar.

Lo que vengo a querer expresar, en resumen, es que os quiero muchísimo y que puede que necesitara venirme tan lejos para sentiros mucho más cerca.
Aunque sea por un tiempo.